El silencio se instaló en todos nosotros. Leonardo seguía parado con las manos en los bolsillos, observándome con una expresión indescifrable. Sentí su mirada recorriéndome, pero me negué a devolverle la atención. De pronto, Diego avanzó hacia mí con una sonrisa cálida y me envolvió en un abrazo fraternal. —Es un gusto verte de nuevo, Leila —dijo con sinceridad. —Igualmente, Diego —respondí con una sonrisa ligera. El abrazo de Diego alivió un poco la tensión, pero no lo suficiente como para que me sintiera completamente cómoda. Justo cuando el ambiente parecía volver a su tensa calma, la puerta de la mansión se abrió de golpe y unas voces femeninas irrumpieron en el salón. —¡Leila! Antes de que pudiera reaccionar, dos figuras familiares me envolvieron en un abrazo cálido y apreta

