Un silencio repentino se posó en la habitación. Mi corazón latía con dificultad mientras intentaba procesar lo que veía. Alicia se incorporó lentamente en la cama, cubriéndose con la sábana blanca. Sus ojos me miraban con cierto triunfo antes de girarse hacia Leonardo, quien también se levantó con la misma calma, como si mi presencia no significara absolutamente nada. —Eres un imprudente —solté con la voz entrecortada. No pude controlar la decepción en mi rostro ni las lágrimas que comenzaron a arder en mis ojos. Sentía un nudo en la garganta, uno que me ahogaba. —Pudiste irte a otro lado para estar con tu amante —dije apretando los puños. Leonardo me miró con total indiferencia, era como si lo que dijera realmente no tuviera importancia. —Estoy en mi casa y en mi cama. Puedo esta

