Capítulo 2: La Gala de la Vergüenza

1062 Palabras
Los candelabros de cristal del Hotel Beau-Rivage me cegaron al entrar. El salón principal estaba repleto con quinientos miembros de la élite europea. Olía a perfume de diseñador, dinero viejo y champán caro. Yo llevaba mi vestido n***o de Zara. Me había costado ochenta y nueve euros. A mi alrededor, las mujeres desfilaban con vestidos de alta costura de diez mil euros. Me abracé a mí misma. Sentí una vergüenza aplastante. Un calor incómodo me subió por el cuello y me quemó las mejillas. Ramos ya estaba adentro. Lo vi desde la entrada. Llevaba un impecable traje italiano n***o a la medida. Su mandíbula angular estaba tensa. Medía un metro ochenta y ocho y dominaba la habitación con su sola presencia. Caminé hacia él, intentando esconder mi mano herida. Tenía una pequeña curita cubriendo el corte profundo que me hice anoche con el plato roto. No alcancé a dar diez pasos. Una silueta alta se interpuso en mi camino. Era Isabela Montalvo. Llevaba un vestido Valentino rojo brillante. Un vestido hecho para destruir a cualquier mujer que se parara a su lado. Su sonrisa depredadora se fijó en mí. —Alleria. Qué sorpresa verte aquí —dijo Isabela. Habló en voz alta, deliberadamente fuerte. —Es el evento anual de la empresa de mi esposo, Isabela —respondí. Mi voz sonó tensa—. Por supuesto que estoy aquí. Un grupo de al menos diez personas se detuvo a nuestro alrededor. Nos rodearon. Querían ver el espectáculo. —Claro, tienes razón —Isabela me escaneó de pies a cabeza con asco—. Es solo que, al verte entrar, pensé que eras parte del personal de limpieza del hotel. Escuché las risas. Risas discretas. Murmullos crueles a mis espaldas. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Clavé las uñas en mis palmas, intentando no romper a llorar frente a ellos. —Mi vestido es adecuado para la ocasión —dije, levantando la barbilla. —¿Adecuado? —Isabela soltó una carcajada venenosa envuelta en seda—. Querida, tu vestido grita rebajas. ¿Qué es, Zara? ¿Ochenta euros? Más risas de los invitados. Sentí una humillación insoportable. El estómago se me revolvió. Quise que el suelo de mármol se abriera y me tragara entera. —La ropa no define quién soy —me defendí. Sabía que sonaba patética. —No —concedió Isabela, acercándose a mi rostro—. Pero define a la esposa del CEO de Santoro Enterprises. Y tú lo estás avergonzando terriblemente frente a toda Europa. —Yo no avergüenzo a nadie. —Eres una mancha en su imagen perfecta, Alleria. Todo el mundo aquí sabe que eres un error. Sentí pánico. Mi corazón latió con tanta fuerza contra mis costillas que dolió. Busqué a Ramos. Necesitaba ayuda. Necesitaba a mi esposo. Estaba a solo cinco metros de distancia. Tenía una copa de champán en la mano. Estaba mirando directamente hacia nosotras. Había escuchado a Isabela. Todos lo habían hecho. Nuestros ojos se encontraron. Dos segundos. Dos malditos y eternos segundos. «Por favor», le supliqué con la mirada. «Por favor, Ramos. Di algo. Defiéndeme. Dime que soy tu esposa». Ramos me sostuvo la mirada. Sus ojos grises estaban completamente vacíos. No había compasión. No había rabia. No había nada. Y entonces, hizo lo más cruel. Desvió la mirada, se dio media vuelta y caminó hacia la barra en la dirección opuesta. Me dejó sola. Me abandonó frente a los lobos. El dolor físico me partió en dos. Fue como si me clavaran un cuchillo directo en el pecho. Me faltó el oxígeno. —Ahí tienes tu respuesta —susurró Isabela, triunfante—. Él ni siquiera te soporta. Vete a casa, Alleria. No perteneces aquí. Isabela pasó por mi lado, chocando su hombro contra el mío a propósito, y caminó en la misma dirección que Ramos. El grupo de invitados se dispersó, mirándome con burla y lástima. Me quedé de pie, paralizada en medio del inmenso salón. Un mesero me ofreció una copa de champán. La tomé con mi mano herida. Nunca llegué a beberla. Fui un fantasma durante las siguientes dos horas. Nadie me habló. Nadie me miró. Yo tampoco busqué a nadie. Solo me quedé parada en una esquina, sosteniendo una copa caliente, usando mi vergüenza como único combustible para no desmoronarme y caer al piso. Faltaban quince minutos para las once de la noche. Levanté la vista hacia el fondo del salón. Las puertas de cristal que daban al balcón privado de las suites VIP estaban entreabiertas. Vi a Ramos. Estaba saliendo hacia la oscuridad del balcón. E Isabela Montalvo caminaba exactamente detrás de él. La puerta de cristal se cerró tras ellos. Juntos. Solos. Mi estómago se contrajo violentamente. La náusea me quemó la garganta. Dejé la copa de champán en la primera mesa que encontré. Di media vuelta y caminé hacia la salida del hotel. No corrí. No hice ninguna escena. Caminé con la cabeza en alto, aunque por dentro estaba muerta. Salí a la fría noche de Ginebra. —¡Taxi! —grité, levantando la mano. Un auto n***o se detuvo frente a mí. Subí a la parte trasera. El chofer de Ramos apareció en ese instante por la rampa del hotel. Conducía el Rolls-Royce n***o de mi esposo. Vi a Ramos salir por una puerta lateral del hotel. Estaba solo. Subió rápido a su auto. —¿A dónde la llevo, señora? —preguntó el taxista. —Siga a ese auto n***o —ordené. Mi voz sonó irreconocible. Fría. Dura. —¿El Rolls-Royce, señora? —Sí. No lo pierda de vista, por favor. El taxi aceleró y se mezcló en el tráfico nocturno de Ginebra. Saqué mi teléfono del bolso pequeño. Mi mano temblaba con tanta furia que casi se me cae al piso del auto. Apreté los puños. Las luces de la ciudad pasaban como ráfagas por mi ventana. No sabía qué iba a encontrar. No sabía si mi corazón podría soportarlo. Pero necesitaba ver la verdad con mis propios ojos. El Rolls-Royce de Ramos bajó la velocidad. Dobló en una calle iluminada y se detuvo. —Se detuvo, señora —dijo el taxista, frenando a unos metros de distancia. Miré por la ventana y sentí que el mundo entero se detenía. El auto de Ramos estaba estacionado exactamente frente al restaurante más exclusivo de toda Ginebra.
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