Kurt se apartó de mi centro y sonrió, deslizándose de nuevo hasta mis labios para besarme. Sus labios estaban impregnados de mis flujos y le acaricié el pelo de forma distraída mientras intentaba bajar de mi doble clímax. —¿Más?—, preguntó. Yo le sonreí. —No. Me toca a mí—, dije, mientras encontraba fuerzas para bajar hasta su m*****o y me quitaba los tacones al mismo tiempo. Aún llevaba puestos los calzoncillos y bajárselos fue como abrir un regalo. Su m*****o se levantó y se erigió en una elegante curva hacia fuera. Recuerdo que pensé que parecía esculpida en mármol, como una estatua clásica. —Dios mío—, exclamé, hipnotizada por su enorme tamaño. Pasé ambas manos por su enorme longitud y evalué la firme cabeza. Una gotita de semen salía de la punta y esa fue mi señal para llevármelo

