Al momento siguiente, Jane enganchó su pierna sobre la mía y se sentó a horcajadas sobre mi regazo, haciéndome exhalar de sorpresa. Esa pareció ser la señal para que el conductor de la limusina subiera su mampara. La cara de Jane quedó justo delante de la mía y lo bastante cerca como para sentir su aliento en mi mejilla mientras extendía la mano para coger la botella de champán. La aparté todavía más. —Perdona. ¿Te molesto?—, me preguntó, alargando la mano para alcanzar el champán, abalanzándose y consiguiendo coger la botella con un “¡ja!”. —En horabuena por haber conquistado al burbujeante,— le dije mientras ella daba un trago. Un poco del caro alcohol se derramó más allá de sus labios y goteó por su garganta hasta llegar justo a la hendidura de sus pechos. De forma inconsciente me

