Para cuando finalmente llegaron a la puerta de su casa, Erick estaba tan nervioso que ni siquiera podía hablar. Silencioso como una estatua, y tratando al mismo tiempo de que el temblor de sus manos no lo delatase, tomó las llaves de su bolsillo y abrió la puerta lo más rápido que pudo. Él entró primero, y tras plantar en sus labios una sonrisa que pretendía pasar por un gesto amistoso y despreocupado, se valió de un ademán pomposo y cursi para ofrecerle el paso a Olivia, quien sin disimulo alguno (cosa que le encantó), de inmediato se dedicó a observar con atención todo cuanto la rodeaba. —Bienvenida a mi humilde hogar—le dijo Erick mientras cerraba la puerta tras ella. — ¿Humilde?—graznó Olivia, con la risa tejida entre su voz—. Disculpa que te lo diga, pero esta casa es de todo menos

