CAPÍTULO OCHO

2007 Palabras
Minutos antes de su primera cita con Olivia, Erick descubrió que estaba mucho más nervioso de lo que habría esperado estar, lo que, al mismo tiempo, lo hacía sentirse como un estúpido. Aquella no era, por supuesto, la primera vez que se veía a sí mismo en una situación como esa. Antes de casarse con Louisa, habían sido muchas las mujeres con las que había salido a comer, a bailar o al teatro; no le gustaba presumir, pero sus citas siempre solían ser un rotundo éxito, lo que le había concedido una confianza enorme que no había hecho sino crecer conforme el tiempo iba pasando. Ahora, sin embargo, no podía dejar de sentirse como un preadolescente asustadizo y temeroso, con las manos cubiertas de sudor y el corazón acelerado por lo que estaba a punto de pasar. Le gustaba decirse a sí mismo que era por todo el tema de la custodia de sus hijos y lo importante que aquella treta era, pero la verdad es que el simple hecho de ver a Olivia de nuevo también tenía mucho que ver. Frente al espejo, se acomodó la corbata por última vez, y luego de pasarse la mano por el cabello (que quizá estaba ya un poco más largo de lo que solía dejárselo), tomó todas sus cosas y salió de casa antes de perderse un poco más en sus pensamientos y tener oportunidad de arrepentirse, pese a que sabía muy bien que ya no tenía posibilidad alguna de hacerlo. Por recomendación de Garrick, había quedado con Olivia en un pequeño restaurante en el centro de la ciudad, un lugar discreto y no tan concurrido al que, por una llamada anónima, un par de reportaros gráficos irían a dar. En cuanto a él y su cita, lo único que debían hacer era comer, verse como si en realidad estuvieran enamorados, y lo más importante, posar para las fotos sin que pareciera que estaban posando. Aquella sería la primera bomba que habría de explotar la noticia de su supuesta relación, así que debían hacerlo bien para que las bases de su farsa quedaran bien cimentadas. Al llegar al lugar, Erick estacionó en la calle (el restaurante era tan modesto que ni siquiera contaba con estacionamiento propio, y mucho menos ballet parking), y nada más bajar del auto, divisó a Olivia a través de uno de los amplios ventanales del local. Estaba sentada en una de las mesas más cercanas a la puerta, jugueteando distraídamente con la pajilla de su vaso con hielo y viéndose increíblemente hermosa. Por supuesto, lo increíble del asunto no es que se pudiera ver hermosa, sino que en cada ocasión lograba impresionarlo aún más. Por ejemplo, aquel maquillaje en específico, el vestido que había elegido, los accesorios…su gesto ausente y concentrado…el brillo de sus labios… —Ya concéntrate, hombre—se reprendió Erick a sí mismo, mientras respiraba profundo, y tras calmar sus instintos más primarios, entraba por fin en el restaurante. Cuando entró, siendo anunciado por la campanita de la puerta, no recibió más que unas distantes miradas, todas carentes de interés, lo que le confirmó que en aquel lugar no había ni una sola persona que le reconociera. Y eso, para su sorpresa, le encantó. Nunca se había sentido especialmente incómodo con su fama ni su reconocimiento, pero acababa de descubrir que tomar un perfil bajo de vez en cuando también era muy cómodo, así que, mucho más feliz, compuso una sonrisa y se acercó hasta la mesa de Olivia, quien lo recibió con una radiante expresión que, de cierta forma, le llegó bien profundo. —Hola—la saludo mientras se sentaba frente a ella—. ¿Lleva mucho tiempo aquí sola? —No demasiado… — ¿Cuánto es >?—le preguntó Erick, quien estaba tan concentrado mirando los labios de Olivia, que apenas y tenía fuerzas para prestar atención a las palabras que salían de su propia boca. Tras hacer que lo pensaba durante un momento, Olivia respondió: —Es un poco menos que >, pero más que >. Sorprendentemente, la pequeña broma de su acompañante logró atravesar la bruma que de pronto se había enroscado a su cerebro, por lo que Erick pudo reír con gusto junto a Olivia. Y fue una suerte que lo hicieran justo en ese momento, pues, por el rabillo del ojo, Erick pudo notar que uno de los reporteros a los que Garrick había contactado se paraba al otro lado de la calle, con el objetivo de su cámara vuelto hacia ellos, más que listo para fotografiarlos. Tal como le había dicho su abogado, Erick se empeñó en darle material con el que pudiera trabajar, por lo que tomó la mano de Olivia por encima de la mesa mientras ambos todavía reían. Al instante, una sensación placentera y electrizante lo bañó de pies a cabeza, y le gustó tanto, que incluso después de que las fotos hubieran sido tomadas, las manos de ambos seguían unidas. — ¿Ya ha tomado las fotos?—preguntó Olivia en un susurro. Sorprendido de que hubiera sido capaz de reconocer al reportero, Erick le soltó la mano, y tratando de no parecer tan asombrado, le preguntó: — ¿Cómo ha sabido que es un fotógrafo? —Tengo una especie de sexto sentido para estas cosas—respondió Olivia, y como Erick guardó silencio durante algunos segundos, ella aprovechó para añadir—: Y el tipo acaba de apuntarnos con la enorme lente de una cámara, así que tampoco es demasiado difícil reconocerlo. De nuevo, Erick fue presa del buen humor de aquella mujer, quien también se echó a reír junto a él, aunque ambos pararon cuando el camarero se acercó por fin a ellos para tomar su orden. Hicieron una pausa para pedir, y aunque luego intentaron retomar la conversación, no pudieron hacerlo, pues el servicio en aquel lugar era tan bueno, que en muy poco tiempo ya tenían sus platos frente a ellos. Al otro lado de la calle, el fotógrafo seguía usando su cámara sin parar, aunque, ya para aquel momento, Erick no le prestaba atención. —Dios, esto está buenísimo—suspiró Olivia, tras probar un bocado del risoto de zanahoria que había pedido. De hecho, la comida estaba tan buena que durante un buen rato se dedicaron a disfrutar de ella en el más absoluto silencio. Luego, cuando Erick levantó la vista y se dio cuenta de que Olivia lo estaba mirando, por alguna extraña razón fue incapaz de hacer otra cosa que quedarse mirándola también. Los segundos siguieron pasando, hasta que ella pareció reaccionar y entonces preguntó: — ¿Sabe algo? — ¿Qué pasa? —Me acabo de dar cuenta de que no sé absolutamente nada de usted, y a la luz de nuestros planes inmediatos, tal vez eso es algo que se debería solucionar. Si había algo de lo que a Erick no le gustaba demasiado hablar, era de sí mismo y su vida privada; de hecho, la sola pregunta por sí sola era razón suficiente para molestarse, aunque en aquella ocasión todo fue diferente. Había sido Olivia tan directa y segura al preguntar, que no pudo sino darle la razón, e incluso, sentirse secretamente emocionado por su interés. —Lo primero que debería saber—le dijo Erick—, es que no me gusta que me trate de > alguien que en realidad no tiene que hacerlo. Me hace sentir mucho más viejo de lo que soy. Sonriendo, Olivia tomó otro pequeño bocado antes de responder: —Es curioso que lo diga, cuando eso es justo lo que usted hace. —Hagamos un trato, entonces—le propuso Erick, sonriente—. Nos dejamos de formalidades, y nos dedicamos únicamente a conocernos el uno al otro con un poco más de profundidad. —Me parece perfecto. Al decirlo, un brillo le cubrió los ojos, y durante algunos segundos, Erick lo único que hizo fue mirarlos, tratando, al mismo tiempo, de no ver en sus palabras más de un sentido. Pero no tuvo éxito, así que, durante todo el rato que estuvieron hablando, no pudo sino pensar en qué tanto habría detrás. Erick le contó a detalle toda su relación con Louisa, y lo tormentoso que había sido el asunto antes de que por fin hubiera llegado el final. Poco después, Olivia le habló de sus padres, del lugar de donde venía y de los distintos trabajos que había tenido (a veces más de uno al mismo tiempo) para lograr costear sus estudios y poder llegar a ser la primera integrante de su familia que alcanzaba un título universitario, y así llenar de orgullo a sus padres, que tanto se habían esforzado por sacarla adelante y darle todo lo que pudiera llegar a necesitar. Eran, por supuesto, dos historias completamente distintas que no tenían casi nada en común, más sin embargo eso no evitó que pudieran sentirse en sintonía el uno con el otro, como si esas mismas diferencias tan marcadas crearan una especie de conexión, como una fuerza magnética que los empujaba el uno hacia el otro, siempre más cerca, siempre más atentos a las miradas, a los gestos. De hecho, alcanzaron tal grado de concentración en lo que el otro decía, que el postre llegó y se fue y todavía seguían hablando sin parar, ansiosos por seguir conociéndose más y más… Pero como lo bueno siempre suele tener fecha de caducidad, justo cuando Erick estaba más que cómodo en el ambiente que los dos habían creado, recibió un mensaje que reclamaba no solo su atención, sino su presencia para resolver un pequeño problema en las oficinas. — ¿Sucede algo?—le preguntó Olivia. —No, no es nada—respondió Erick, levantando momentáneamente la vista del celular para mirar a la mujer frente a él. —Pues no lo parece. Acabas de poner una cara de tragedia grande como una casa. Confundido por la exageración en sus palabras, Erick la miró únicamente para descubrir una sonrisilla pícara y divertida. No era más que una broma, y secretamente tenía que admitir que amaba caer en cuantas bromas fueran, siempre y cuando lo recompensara con una sonrisa como aquella. —De verdad, no pasa nada—afirmó Erick, y solo para tranquilizarla, suavizó un poco su expresión, que a veces tendía a endurecerse más de lo necesario—. Es solo un pequeño problema que surgió en el trabajo. — ¿Y te tienes que ir? —La verdad no quisiera hacerlo, pero me necesitan con urgencia. Viéndose ligeramente decepcionada (algo que a Erick le encantó mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir), Olivia se levantó y abrió el camino hacia la puerta. Pese a que no hablaron en el corto trayecto hasta el exterior, Erick se aseguró de tomarle de la mano y sonreír para la cámara, mientras, al mismo tiempo, trataba de controlar los eléctricos cosquilleos que le provocaba la piel de aquella hermosa mujer al entrar en contacto con la suya. — ¿Has venido en auto?—le preguntó Erick, una vez llegaron frente a su propio automóvil—. Yo puedo llevarte. —No hace falta—aseguró Olivia, quien, por alguna extraña razón, lucía acalorada y como nerviosa—. Yo…yo puedo tomar un taxi. Erick habría querido protestar, pero ella parecía tan segura, que no quiso presionarla para que se fuera en el auto con él. Olivia se despidió con un beso en la mejilla y se marchó lentamente calle abajo, y mientras la contemplaba, Erick no pudo sino rememorar una y otra vez toda su velada, además del beso que acababa de darle, que ahora parecía arder en su piel como un tatuaje en carne viva. Pasó mucho rato de esa forma, y cuando volvió por fin a la realidad, se apresuró a entrar al auto, pues de pronto se dio cuenta de que llevaba al menos diez minutos de pie en la acera, con cara de estúpido y una erección de campeonato que no era precisamente sutil.
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