Un grito de alivio salió de mis labios, un sonido ahogado y tembloroso que rasgó el aire cargado de la cocina como un sollozo liberado, el pánico retrocediendo lo justo para dejar espacio a una marea de gratitud que me inundaba el pecho. Cuando vi que el amigo del hombre guapo –el que ahora se hacía llamar Dewey, su silueta tensa y protectora recortada contra la penumbra–, sostenía a Nadia en brazos con una delicadeza que contrastaba con el caos sangriento, un nudo en mi garganta se deshizo en un jadeo entrecortado. Ella estaba inconsciente, su cabeza lánguida contra su hombro, mechones rubios pegados a la mejilla marcada por el golpe, pero estaba en brazos de alguien que la cuidaría con ferocidad instintiva, sus manos firmes pero gentiles como si cargara un tesoro frágil. Mi atención se d

