1.2

1274 Palabras
Lucas definía sus días en la escuela, como un tiempo turbulento y pesado. Él era el capitán del equipo de futbol americano con más victorias en la historia del fútbol colegial, y era uno de los mariscales que pasarían a la historia; cualquiera pensaría que eso le daba cierto status dentro de las paredes del colegio, pero a la mayoría de los chicos les daba lo mismo la posición que tuviera, ellos se divertían jugándole bromas, haciendo comentarios estúpidos o simplemente le quitaban la mochila para hacerlo enojar. Y en ese momento, con un brazo lastimado, era una presa aún más fácil de lo que era antes. Él lo sabía, por lo que decidió no entrar a la cafetería esa mañana, en cambio siguió derecho hasta el salón de química. Se sentó en uno de los extremos al centro hasta que descubrió una vieja estampa pegada. De inmediato escuchó esa molesta vocecilla en su cabeza. "Mira la estampa, ¿Crees que tenga pegamento de ese que se queda pegado mucho tiempo? Tiene una orilla levantada, intenta pegarla. Vaya, no se pega, ¿Y si la quitas? Mira, la orilla se enrolla, ¿Hasta dónde se podrá?" Se levantó y se fue al lado contrario o no se habría quedado quieto hasta remover esa estampa de la mesa. —Vaya, ese golpe fue duro—dijo Carlos cuando se sentó a su lado. — ¿Viste el partido? —No pude, mi clase terminó más tarde, pero toda la escuela sabe de ese golpe. —Por supuesto— murmuró molesto. — ¿Está roto? —No, no es nada grave. Estaré bien en unos días. —Dicen que fue el mismo defensa el que te tacleó dos veces, en ambas te sacaron del campo. ¿Es cierto? —Vaya que estás bien informado. —Vamos, no seas así— Navarro suspiró. —Sí, fue el mismo. El maldito 46. En ese momento entró su profesor justo con el resto de los alumnos que no paraban de mirar a Lucas y de murmurar cosas. El castaño hacía su mejor intento para ignorarlos, sabía que eso nunca lo olvidarían, no importaba cuántas victorias tuviera, sólo bastaba un pequeño error para que la escuela entera lo molestara. Hizo lo posible por concentrarse en su clase sin prestar atención a los cuchicheos burlones. A mitad de la sesión se dio cuenta de que estaba mordiendo sus labios así que buscó entre las bolsas de su mochila un chicle y se lo echó a la boca de inmediato. Morder sus labios era un acto reflejo que se disparaba cuando estaba ansioso, pocas veces se daba cuenta por él mismo, casi siempre era hasta que su quijada le dolía debido a la tensión, las demás era porque alguien le decía que lo estaba haciendo, entonces comía un dulce, un chicle o cualquier cosa que mantuviera sus dientes lejos de su piel. — ¿Irás a la despedida? — preguntó Carlos mientras caminaban por la calle. —No lo sé, apuesto a que mi mamá va a hacer todo un drama si intento salir así. —Puedes decir que irás a mi casa, no se opondría a eso. —Quizá, lo pensaré más tarde. —Está bien, avísame para ir juntos. —Claro, adiós. Se despidieron con un ademán cuando Carlos entró en una de las calles laterales. Ese día el clima estaba menos caluroso que los días anteriores, cosa que Lucas agradeció pues caminar por la calle con los rayos del sol quemándolo lo habría puesto de mal humor. Su madre había decomisado las llaves de su auto insistiendo que él no podía manejar en esa condición, lo cual era cierto, aunque él no quisiera hacer caso. Llegó pronto a su casa y a su habitación ordenada y limpia. Navarro no era un amante de la limpieza, pero su ansiedad crecía si él se quedaba acostado viendo televisión mientras su cuarto estaba sucio o desordenado. Se preparó un filete de pescado con ensalada y un poco de pasta, acompañado de agua de jamaica. Se tardó siete minutos en comer. Limpió la cocina tan pronto terminó y subió a su habitación para hacer sus deberes, luego de tender la cama y de acomodar su ropa. Después llamó a su mamá para pedir permiso para ir a la casa de Carlos, un permiso que tuvo que rogar durante varios minutos hasta que su madre aceptó. Mandó un mensaje a su amigo y a las siete treinta salió de su casa con una gran sudadera azul cubriendo su brazo lastimado. — ¿Quieres una? — preguntó Carlos enseñándole una cerveza. —No puedo, los medicamentos. —Ah, ya entiendo. El chico de cabello cobre se sentó a su lado en las gradas. Frente a ellos había un tumulto de jóvenes haciendo ruido mientras tomaban y cantaban desafinadamente. La música retumbaba por las bocinas haciendo que el suelo vibrara. Lucas miró a los del último año y se imaginó cómo sería su despedida. Cada año, los que estaban por abandonar la escuela tenían una fiesta de despedida en el terreno trasero de la escuela. Hacían una gran fogata y tomaban hasta el amanecer. Toda la escuela estaba invitada, pero ningún chico nuevo se aparecía por ahí ya que era una tradición que los mayores les jugaran alguna broma muy cruel. El mariscal estaba cerca de abandonar esa escuela y si sus planes salían como él creía, terminaría en algún equipo de futbol americano. — ¡Hey, Navarro! ¡Adivina quién soy! — gritó un chico rubio frente a él en el campo, imitando sus movimientos en el partido de una manera torpe y burlona. Uno de sus amigos lo tocó con la mano en la espalda y el chico se tiró gritando de dolor. Un grupo de jóvenes comenzaron a reír, Lucas suspiró exasperado. — ¡No lo sé! — respondió el chico— ¡¿Un idiota que debe quedarse un semestre extra por materias reprobadas?! Las risas se hicieron más estridentes, el chico rubio hizo finta de subir contra él, pero sus amigos lo detuvieron y se lo llevaron jalándolo de la chamarra. Carlos rió por lo bajo antes de terminar el contenido de su cerveza. —Sabes que ese idiota no te va a dejar en paz. — ¿Alguna vez lo hizo? —La mitad de tu equipo se va a graduar, ¿Te preocupan los nuevos que ingresen al equipo? —No, ¿Por qué tendría que preocuparme? Tienen que ser buenos para ingresar. —Vas a estar en las pruebas de selección ¿Verdad? Deberías de escoger ofensivos enormes que puedan protegerte de ese sujeto. —Ese imbécil no va a regresar, nunca lo hacen, ya lo sabes. —Sólo digo, puede ser la excepción a la regla. El mariscal volvió su vista al frente. La noche se fue entre el ruido, entre los miembros de su equipo insistiendo que debía de tomar al menos una cerveza con ellos como despedida y en honor a los años juntos. Sorpresivamente, la cerveza se convirtió en otra y otra más. No se embriagó, pero si terminó mareado y más feliz de lo normal. Aún estaba en su juicio como para saber que su madre se daría cuenta del alcohol en su cuerpo, por lo que la llamó para anunciar que se quedaría en la casa de Carlos, la única cosa que fue cierta esa noche. Se tardó en dormir un poco más de lo normal, quizá su amigo no estaba tan equivocado, tal vez podría conseguir enormes ofensivos que lograran romperle los huesos a ese estúpido jugador. A ese maldito 46.
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