Él le abrió los labios, mirándola dentro y clavándole los dedos con fuerza. Ella gritó ante su repentina intrusión y él dijo: «Esta zorra está mojada. Debe estar encantada». Carol sabía que su cuerpo la traicionaba. No lo disfrutaba, pero su coño contaba otra historia. Él empezó a lamerla y a chuparle el clítoris. Sus rodillas empezaron a ceder. La sostuvo hasta que terminó y, de nuevo, sus palabras la hirieron con dureza: «Siguiente». Sabía que cada uno la miraría profundamente y la exploraría con los dedos y la lengua. Uno a uno, lo hicieron. Mientras el último lo hacía, se quedó más tiempo y supe que mi esposa estaba a punto de tener un orgasmo. Él también lo sabía. Ella le agarró la cabeza, restregando su coño contra su cara mientras se corría. Él se recostó sonriendo y ella se desplo

