Martina era loca por los zapatos, recorría cada tienda y se los probaba casi todos. Antes de una hora ya se había comprado tres pares. Daniel y yo la seguíamos con mucha paciencia. Al llegar a una conocida boutique del centro de la ciudad, decidió que era hora de comprarse algo que le combinara con sus nuevos zapatos. Casi nos tiró hacia adentro. Daniel sonreía sin molestia. No parecía incomodarle andar de compras con dos mujeres, aunque claro, una sola era la que compraba. ―Va a tardar mil horas ―me comentó Daniel cuando la vio entrar al probador con varias prendas. ―Sí, yo mejor me siento. ―¿No quieres ver algo para ti? ―No, no ―respondí con celeridad, no tenía dinero para el tipo de ropa o de zapatos que se estaba comprando mi amiga. ―¿Por qué no? ¿No te gusta? ―No, no es

