CAPÍTULO VEINTIUNO Mientras la limusina seguía su camino, Riley luchó contra el terror que amenazaba con abrumarla. Trató de convencerse de que no estaba en peligro, no como cuando había sido atada en la guarida del Asesino de Payasos, a punto de ser inyectada con una dosis letal de anfetaminas. «Esto es diferente», pensó. Seguramente ni el senador ni los guardaespaldas pretendían matarla. La idea era ridícula. «Después de todo, es un senador, no un delincuente común», pensó. Pero ¿por qué había sido arrebatada de esta forma? ¿Qué es lo que querían con ella? Tampoco ayudaba el hecho de que el senador Gardner, sentado frente a ella, se veía furioso. El hombre gruñó: —¿Para quién trabajas? Riley tartamudeó: —No… no trabajo para nadie. —¿Entonces no eres reportera? —dijo Gardner. Rile

