Finalmente, el viaje acabó y pronto llegaron a la casa del abuelo Ferreira. Allí es donde se supone que vivirán, pues, es la mansión familiar y Arnaldo toda su vida la ha pasado en ella. —Ah, queridos, ya han regresado de su luna de miel. Cuéntenme como les fue, ¿se divirtieron? —pregunta con sarcasmo dirigido especialmente a su nieto, que lo observa con ojos de fuego, pero calmado, puesto que no le puede faltar el respeto al anciano. —Ya estamos aquí, mi querido abuelo. Hemos viajado y nos hemos divertido tanto como tú lo deseabas. Ahora estoy muy cansado, esposa, te dejo en manos de este señor bondadoso para que te muestre tu habitación. —Dijo Arnaldo a la chica. —Un momento querido nieto, ustedes están casados y, por lo tanto, dormirán en la misma habitación, pero no en esta casa

