Les contaré una historia. La historia de cómo me enamoré por primera vez, hasta perder la cabeza totalmente y delirar, me sentía poderosa, flotando sobre las nubes. Por desgracia, la caída fue la más dolorosa que jamás he sufrido.
En esa época, yo tenía dieciséis años recién cumplidos. Estaba llena de ilusiones, era un nuevo año escolar, nuevos maestros, nuevos rostros que posiblemente había visto en los pasillos pero no los recordaba en ese momento.
Tenía una mejor amiga, Stacy Duncan. Era rubia, algo bajita y con un rostro que nadie olvidaba, era ovalado y sus facciones eran casi de porcelana, al igual que yo tenía unas cejas pobladas que enmarcaban a la perfección su bonita cara. Auténtica. Divertida. Irritablemente inteligente. Esas eran sus mejores cualidades. Con ella, el tiempo volaba y las carcajadas sobraban. Más de una vez me sacaron de clases y me mandaron a detención por no poder dejar de reírme.
La vida era buena. No había problemas, todo eran risas y castigos. Éramos un gran equipo.
Bueno, eso se acabó.
¿Qué pasó? Lo de siempre.
Hombres. Arruinándolo todo.
Teníamos un mes de haber entrado a clases, estábamos en clase de matemáticas cuando sucedió oficialmente.
El único sonido en la habitación era el de los bolígrafos rasgando el papel casi con violencia, la mano nos dolía de tanto escribir y más de uno, que era ambidiestro, se turnaba para cambiar de mano.
El profesor era cruel, brutal y antipático. No le fue suficiente llenar los dos pizarrones de fórmulas que nadie comprendía, quiso seguir torturándonos, cuando los pizarrones estuvieron repletos, comenzó a borrar. Antes de que lo hiciera, saqué mi celular y fotografié ambos pizarrones, fui la salvación de muchos, pues más de uno me pidió que les mandase la foto.
Stacy no dejaba de bromear respecto al profesor. Ella podía burlarse de todos y no poner atención absoluta en clases porque era inteligentísima. Se sabía todo. Contestaba cualquier pregunta bien. Más de una vez la envidié.
Durante ese mes, había desarrollado una especie de amor platónico por uno de mis compañeros: Tom Harper. Todo era simple atracción física, porque nunca habíamos hablado. Parecía muy selectivo en cuanto a sus amigos, pues solo le hablaba a unas cuantas personas. Con el tiempo, me di cuenta que no era selectivo, sino tímido. Aunque no lo parecía en absoluto.
Mientras Stacy y yo nos mordíamos la lengua para no reírnos en voz alta, Bash, nuestro mejor amigo, me picó la espalda, haciéndome girar en su dirección. Estaba en el asiento detrás de nosotras, por lo que cuando volteé, miré de reojo a Tom y lo atrapé viendo en dirección hacía mí.
Fruncí el ceño y el chico abrió mucho los ojos al ver que lo había visto, luego siguió escribiendo para disimular.
—¡Te estoy hablando! —Se quejó Bash de que no le prestara atención.
—¿Qué quieres?
—Mándame la foto, no he escrito nada.
—¿Alguna vez haces algo? —Se metió Stacy a la conversación.
—No —Bash sonrió sardónico—. Para eso te pago a ti.
—Rude —canturreé y luego volví a girarme a mi asiento.
Por mala conducta, el profesor siempre nos ponía adelante, donde estábamos casi pegadas al pizarrón y veíamos en primera plana su culo de burro cada vez que se inclinaba para escribir sobre el pizarrón.
La realidad era que en los asientos de atrás o en los de adelante, nos seguíamos riendo de cualquier estupidez. Bash siempre se perdía las buenas bromas, pues en cinco de seis clases al día, se dormía. Ver series en la madrugada los días de escuela, lo estaban matando.
Por curiosidad, volví a girarme sutilmente para ver a Tom. A pesar de que me gustaba, nunca volteaba a verlo, pues sería algo descarado e indiscreto. Cuando lo hice, su mirada ya estaba posada hacia mi dirección. Cruzamos miradas por unos cuantos segundos y luego desvié la vista, algo intimidada. Él se veía igual de avergonzado que yo.
Mi vergüenza fue lo que me dio fuerza de voluntad para no voltear a verlo de nuevo, aunque la curiosidad me carcomía lentamente el alma. ¿Y si en estos momentos estaba mirándome... la espalda? Quería saber porque me miraba. Mis ilusiones comenzaban a inflarse como un globo y si seguía alentándolas se me escaparían de las manos y se irían volando hacia el cielo.
El timbre sonó. Ante mi distracción ya ni siquiera pude sacarle fotografías al pizarrón. Stacy accedió a pasarme sus apuntes, cosa que agradecí internamente a los Dioses.
El resto de las clases ese día, no las compartí con Tom, lo cual en secreto me desanimó, quería descubrir el misterio de su mirada.
Stacy me notó más distraída de lo normal. Mi cuerpo estaba ahí, sentado en una mesa de la cafetería de la preparatoria McKinley, pero mi mente flotaba por un lugar que hasta yo desconozco. Era un revoltijo de ideas, y Tom sólo era una de las ideas.
—¡Despiértate, niña idiota! —Exclamó Bash, algo desesperado, mientras me zarandeaba.
Según Stacy, llevaba diez minutos hablando de Scream y los predecibles asesinos, pero yo ni atención le prestaba. A decir verdad, ni siquiera lo escuchaba.
—¿En qué se supone que piensas? —Demandó saber Stacy.
Era mi mejor amiga, pero en cuanto a chicos, prefería callarme, nunca me había gustado hablar de eso. Y si no se lo decía a ella, mucho menos a Bash, él era un auténtico chismoso por naturaleza.
—Nada, solo... tengo sueño.
El mejor pretexto de la historia.
En las últimas clases, intenté no pensar tanto en eso. Tal vez Tom ni siquiera me miraba a mí y yo estaba divagando de más, pero había un pequeño rincón de mi corazón que se contraía ante la posibilidad de que me estuviera viendo a mí. Preferí guardarme esos pensamientos en mis horas de reflexión en casa, y actué normal el último periodo. Bash, Stacy y yo estuvimos haciendo tonterías en la clase de arte, donde se suponía que debíamos dibujar una persona que nos inspirara.
La cosa, era que ninguno sabía dibujar. Muy apenas podíamos hacer unos cuantas bolitas y palitos chuecos. Hasta los niños de preescolar dibujaban mejor que nosotros tres. Por lo menos, nos burlábamos de nosotros mismos con eso, y no nos avergonzamos cuando nos obligaron a colgar los dibujos en la pared. Los dibujos de todos apestaban (los nuestros más, obviamente), excepto el de una persona: Blaine Ackerman.
Era un alma nacida para crear arte. Había ganado el premio de escritura creativa de la escuela y su historia fue publicada en el periódico escolar, sabía de fotografía y le encantaba pintar. Como cualquier artista, tenía esa mirada de no quiero vivir o no me importa nada. Bueno, esos eran los artistas que yo me había topado. Y él cumplía todos los requisitos. Parecía muy reservado. Y curiosamente era el mejor amigo de Tom.
Tuvimos que colgar nuestros dibujos juntos el uno del otro, porque la maestra lo ordenó. Creo que quería verme humillada. Cualquier dibujo se veía mejor que el mío, pero, ¿ponerme junto al mejor dibujante de la escuela? Eso era crueldad.
Vi a Blaine observar mi dibujo de reojo mientras colgaba el suyo con una horquilla. Una sonrisa curveó sus labios e hizo un sonido desde lo profundo de su garganta. Estaba intentando no reírse.
Por alguna razón, no me molestó. Tal vez porque era el mejor amigo de Tom.
—Patético, ¿no? —Me reí, refiriéndome al dibujo. Blaine me miró sin entender, hasta que señalé al dibujo.
—Oh, eso. No es tan malo, yo lo colgaría en mi refrigerador.
Me dedicó una vaga sonrisa que se esfumó de sus labios a los segundos y comenzó a caminar hasta la puerta, unos segundos después se había ido.
Llegué a casa a las tres. Estaba exhausta. Me tiré en mi cama de un salto, aterrizando sobre las suaves almohadas. Cuando estaba durmiéndome, vibró mi celular en el buró, sacándome de mi ensoñación.
¡¿QUIÉN SE ATREVE...?!
Desbloqueé mi celular y abrí la notificación. Era de f*******:.
Tienes una nueva solicitud de amistad.
Tom Harper.
4 amigos en común.
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Inició de manera simple y sencilla, con una simple solicitud patética. Luego siguió con que me empezó a seguir en i********: y en Twitter, al igual que atiborrarme de mensajes en Messenger. Tanta felicidad me quitaba el aliento, no me dejaba ni respirar. Era maravilloso, como dije, flotaba entre las nubes, el corazón se me contraía cada vez que me mandaba un mensaje o le daba like a mis fotos, patético, lo sé. Pero en ésta época, en el siglo XXI, esas cosas nos hacen morirnos de emoción. En los 1800 probablemente era diferente, con cartas llenas de palabras bonitas, sentimientos a flor de piel y besos bajo la luz de la luna.
Cuando nos hicimos novios oficialmente no hubo nada de eso, no hubo ningún beso épico bajo la lluvia o una serenata como en las películas. Fue simple. Fue fácil. Nos queríamos, éramos compatibles y deseábamos lo mismo. ¿Hace falta decir que las cosas no siempre terminan bien?
Tom Harper era dinamita pura, la más hermosa de las creaciones desde mi perspectiva, era maravilloso a su manera. Tenerlo a mi lado era el más precioso obsequio. No era perfecto, eso está claro.
Cuando sabes que está lleno de defectos visibles, inseguridades y eso te importa un carajo porque así lo quieres, déjame decirte, es cuando ya estás profundamente flechada por Cupido. Y yo, lo estaba más de lo que deseaba admitir. Más de lo que él estaba conmigo.