Luego del periodo de prueba, decidí renovar el contrato con ella. Esta vez con un período indefinido. Sorpresivamente ha logrado asumir sus funciones como mi asistente. Brindar asesoría, atención al público, organizar citas o entrevistas con colegas, hacer seguimiento de causas informando a mis clientes los avances o posibles contratiempos. Tramita causas en tribunales y elabora escritos jurídicos, como cualquier otra asistente lo haría. Le toma su tiempo, pero el trabajo queda impecable.
Además de estas funciones, también suele hacerse cargo de atender inscripciones, buscar antecedentes en los registros, recibir solicitudes y retirar documentos o certificados. Todas estas tareas la han obligado a desplazarse por diferentes lugares. Todo lo que haga con sus manos queda estupendo.
Para mí ha sido un privilegio emprender una nueva aventura de la mano con ella. Notar su entusiasmo, la manera en que se desenvuelve en el campo y busca aprender cosas nuevas, es admirable en todos los aspectos. Genesis no conoce de límites.
Cada día que transcurre, me he ido enloqueciendo por esa joven tan intensa que es. Es imposible no admirar semejante belleza. Es un gran ser humano, una gran mujer y asistente. Se esfuerza más de lo que lo haría una persona común y corriente.
Ha sido un enorme reto para los dos. La conexión y amistad que ha surgido entre los dos es gratificante, tanto como la confianza.
Hemos estado saturados de trabajo últimamente, estudiando en conjunto ciertos acontecimientos del último caso que se nos presentó. Ha habido muchas irregularidades que nos ha tomado más tiempo de lo previsto. Por lo regular, trabajo de manera independiente, pero es interesante escuchar sus teorías.
En la noche tenía pautada una pequeña actividad con unos colegas y amistades, pues Abraham cumple años hoy y me invitó. Aunque había planificado no asistir, cambié de opinión durante el día, por la sencilla razón de que lo vi más como una oportunidad para pasar un rato agradable con Genesis y desconectarnos un poco del ajetreo del día a día.
Afeité mi barba en su totalidad y me acicalé como hace tiempo no lo hacía. Me sentía fresco y renovado. No sé por qué estoy esforzándome tanto en impresionarla, no es como que pueda notar el cambio. A pesar de estar consciente de que mi esfuerzo es prácticamente en vano, me puse un traje de tres piezas gris, con una camisa blanca y una corbata de puntos negra. Mientras me miraba en el espejo, me perfumé debidamente. No podrá verme, pero sus sentidos son muy sensibles.
Cada paso que daba, acercándome a la puerta de su apartamento, por alguna razón, mis nervios se alborotaban. No me considero alguien que pueda ponerse nervioso por todo, pero desde su llegada a la oficina, todo lo que tenga que ver con ella me pone muy tenso.
Ella me recibió en la puerta de su apartamento y su belleza me deslumbró por completo. Llevaba una falda negra con decoración de rosas rojas; una camiseta interior de tirantes blanca, bolero n***o, zapatos de tacón negros, un bolso fucsia con detalles plateados y un reloj fino n***o con detalles dorados. No traía nada de maquillaje, solamente un poco de brillo en los labios. Su cabello castaño oscuro caía en ondas por su pecho. Realmente no sé cómo le hace para combinar y adivinar los colores. Es como si nos hubiéramos puesto de acuerdo en combinar.
—Buenas noches. Puedes pasar. Espérame un minuto aquí, por favor. Necesito apagar la radio antes de irnos.
—Claro. Adelante.
Me quedé observando el vaivén de sus caderas al caminar, la forma en que ese traje le permitía resaltar sus exquisitas proporciones. Tiene unas piernas hermosas. Pareciera que brillan. Su delicioso perfume alborotó mis hormonas y cerré los ojos para deleitarme con el mientras aún pudiera percibirlo en el aire.
Sus pausados pasos fueron los que me despertaron de ese trance. Quisiera verla caminando de esa misma manera, pero completamente desnuda.
—Estoy lista.
Sacudí mi cabeza, alejando esos pensamientos impuros de mi mente.
—Te ves radiante.
—Gracias — llevó su cabello por detrás de la oreja, ensanchando una ladeada sonrisa, mientras que sus mejillas se enrojecieron con facilidad.
Aunque esos tacones le permiten estar a mi altura, ¿no le da miedo caminar en ellos?
—¿No te molesta que te tome la mano? Esas escaleras son peligrosas.
—No, no me molesta.
Descansé una mano en su espalda baja para asegurarla, tomando con la otra la suya y ayudándole a bajar escalón por escalón. Mi corazón latía tan apresuradamente que tenía la sensación de que podría salir expulsado en cualquier momento de mi boca.