Agarré la bolsa sin mirarlo y aceleré a mi habitación. Adentro, la gravedad hizo lo suyo: caí en el sofá como muñeca sin pilas, mientras la bolsa se deslizaba de mis brazos. Di vueltas alrededor de la mesa como zombie con insomnio. Pensé que si me movía lo suficientemente rápido, la vergüenza no me iba a alcanzar. Terminé derrumbada, cara enterrada en el sillón. Mi cerebro había abandonado el chat. Y justo ahí, apareció Harper. Mi mejor amiga, abogada implacable, especialista en manejo de catástrofes. Desde el cuarto, gritó: "¿¡Cecilia!? ¿¡Qué demonios te pasó?!" Ni pestañeé. Levantar un dedo ya era un esfuerzo sobrehumano. Entró corriendo, me giró como heroína del sur en pleno desmayo, me apartó el pelo sudado y me miró fijamente como dudando si aún tenía signos

