El oficial alzó una ceja. "¿Le dio acceso al contacto de su pareja... por un juego?" "Puede revisar las cámaras de seguridad," murmuró Xavier. "Mi oficina está llena de ellas." "Oh, puede estar seguro que lo haremos," soltó el oficial, sin emoción. En otro rincón de la estación, tras puertas cerradas, se oían otras voces. Cici se vino abajo en su interrogatorio—el maquillaje corrido por las lágrimas, temblando. Le echó toda la culpa a Dora. Dijo que Xavier no sabía nada. Que la llamada fue sólo una broma estúpida, un arranque de celos. Pero las oficiales no se tragaron esa historia. Sabían el tipo de monstruo que se escondía bajo su fachada delicada. En otra sala, Dora estaba sentada, pálida, sin mostrar emociones. Su fachada se resquebrajaba bajo la presión del escánda

