El aroma a granos tostados y leche vaporizada era la banda sonora olfativa de mi intento de normalidad. Estaba en "La Canela", una cafetería de esquina a tres calles del hospital, un lugar lo suficientemente lejos para no encontrarme con colegas, lo suficientemente anónimo para fundirme con el mobiliario de madera y los clientes con portátiles. Necesitaba salir de las paredes blancas, y de todo lo que me estaba pasando. En la cola, con el teléfono en la mano, intentaba concentrarme en un artículo médico sobre una nueva técnica de stent coronario. Las palabras bailaban frente a mis ojos sin sentido. Mi mente estaba en otra parte: en los versos del hombre muerto, en la sensación de aquella sangre antigua y prohibida latiendo bajo mi piel. La cola avanzaba lentamente. Una madre ordenaba un

