Después del baile, el aire en la sala parecía haberse espesado. Las miradas ya no solo eran curiosidad o deseo; ahora había un respeto cauteloso, casi un temor reverencial, hacia la escena que habían presenciado. Silas, sin embargo, parecía haber vuelto a su estado de serena indiferencia, como si el momento íntimo no hubiera sido más que otro movimiento calculado. Con un gesto elegante, me guío de vuelta hacia el área bajo el árbol esquelético. Los invitados formaron un semicírculo expectante. Era la hora de los regalos. -La tradición -explicó Silas, su voz proyectándose sin esfuerzo- es que el anfitrión elija un obsequio para abrir, uno que prometa... diversión. Sus ojos dorados recorrieron las cajas de hielo azul atadas con cintas de seda magullada. Se detuvo en una que no era particu

