Me giré hacia Silas, sintiendo una furia que me quemaba por dentro. Estaba harta de ser el trofeo por el que todos peleaban, harta de que decidieran qué era mejor para mí mientras me ocultaban secretos. —¡Basta, Silas! —le grité, y el tono de mi voz hizo que se tensara—. Yo no soy de tu propiedad. Tú no decides por mí, no eres mi dueño ni mi carcelero. Si quiero hablar con él, lo haré. —Alana, no entiendes quién es él... —intentó replicar Silas, pero no lo dejé terminar. —Entiendo que me has estado ocultando cosas desde el primer día. Vete. Quiero hablar con él a solas. Silas se negó a moverse, plantado como una montaña de orgullo y terquedad. Pero yo ya no era la misma mujer que salió de la ducha en Portland. Antes de que él pudiera decir otra palabra o intentar retenerme, hice un mov

