Caminamos en silencio por los pasillos helados del palacio. Un silencio extraño, no del todo incómodo, sino cargado por la presencia vibrante y depredadora de Vex a mi lado. Cada uno de sus pasos era un susurro sedoso, el mío un eco torpe. Ella parecía flotar, yo arrastrar los pies. Fue ella quien rompió el silencio, su voz un puré meloso que cortaba el aire frío. —Es fascinante—dijo, sin mirarme, observando sus propias uñas perfectamente pintadas de un n***o azabache—. Cómo los humanos se dejan llevar. Sus sentimientos los nublan, los hacen temblar, los hacen… gritar contra puertas. Es tan… desordenado. En cambio, los demonios, y supongo que también esos aburridos ángeles, somos superiores a eso. La mente clara. La voluntad pura. El deseo, sí, pero un deseo frío como una daga. No ese ca

