bosque. Había un bosque.Era hermoso, de una belleza retorcida y perturbadora. Los árboles no eran de plata o hielo, sino de una madera negra y brillante, como ébano pulido por la lluvia. Sus ramas no se alzaban hacia el cielo, sino que se retorcían y enredaban entre sí en ángulos imposibles, formando arcos y túneles naturales. Pero lo más inquietante eran las cortezas. En los nudos, en las grietas, había formaciones que parecían ojos. No se movían, pero daban la inconfundible sensación de observación. Sentí cientos de pupilas imaginarias clavadas en mí, siguiendo cada paso, cada respiro. —¿Podemos…parar un poco? —jadeé, apoyándome contra un tronco nudoso que sentí… palpitar levemente bajo mi mano, apartándola de un salto—. No soy tan rápida como tú. Silas no se detuvo, ni siquiera dismin

