Privados de ambulancia, pues en este pueblo no hay condiciones de salud a la altura de este tipo de eventos, llevaremos a Fernando hasta el avión en un vehículo. Pasan los minutos como si fueran horas, los segundos se hacen eternos hasta que finalmente suena mi teléfono. Nos dividimos en los vehículos disponibles y a pesar de que el doctor nos sugiere quedarnos, emprendemos el viaje hacia el avión. Hacemos todo con mucha rapidez, como si se tratara de una emergencia. Para mí lo es todo, necesito vivir un poco más de lo que Fernando me hizo sentir. En el avión, un paramédico nos recibe y apoya a Fernando en sus necesidades médicas. A nuestros estómagos llegan maníes y agua que encontramos en el lugar y así esperamos aterrizar en pocos minutos en la ciudad. A nuestra llegada, mi padre nos

