Por fortuna, Mateo ya se sentía mejor. Después de tomarse el té y ver un rato sus dibujos animados, bajó corriendo otra vez con su pijama de dinosaurios y sus mejillas sonrojadas, como si nada hubiera pasado. Me abrazó por la espalda mientras yo recogía las tazas del desayuno y, con esos ojitos llenos de curiosidad, me preguntó: —Mami… ¿Quién era ese señor que vino hoy? Me agaché a su altura, acariciándole el cabello con ternura. No sabía cómo empezar. A veces, con los niños, lo más sencillo era simplemente decir la verdad. —Ese señor se llama Elliot, mi amor —le dije con una sonrisa suave—. Es el papá de tu papá… tu abuelo. Mateo abrió mucho los ojos, sorprendido, pero no asustado. Al contrario, parecía emocionado. —¿Entonces tengo un abuelo? —preguntó, como si fuera un descubrimient

