La voz de mi madre resuena desde el piso de abajo, amenazándome con ir a buscarme si no bajo a desayunar. El reflejo que se refugia tras el espejo, por su parte, se burla de mí. No he podido dormir, no sé por qué. Tengo los ojos rojos e hinchados, luciendo unas horribles ojeras y presumiendo de una descuidada barba. Tengo un aspecto deprimente. Ayer no dormí bien, y hoy no he dormido. Preocupante. Si alguien me viera ahora, se asustaría. Pienso lo que viene a significar, que la cara es el espejo del alma en latín. Nada más venirme a la cabeza, me doy cuenta de que es cierto. Así de miserable estoy en ánimo. Después de asomarme al pasillo y avisar de que me arreglaré antes de bajar, asegurándome de calmar el temperamento de mi madre, me encierro en el baño. Me afeito con aburrimiento, al

