DEMIAN Sentía como si alguien me hubiera dado un puñetazo directo en el estómago. Se suponía que esto no iba a suceder. No era así como se suponía que debían ser las cosas. La ira y la frustración se convirtieron en una abrumadora sensación de pánico y miedo. Al verla irse, el dolor por el golpe no se comparaba con la desesperación y con la voz resonando en mi cabeza; no se callaba. No podía dejarla ir, no podía perderla, la necesitaba. —No, no, por favor, tienes que quedarte. Cambiaré. Seré mejor, seré lo que necesitas que sea... Simplemente no me dejes... No te vayas...— Corrí hasta ella, abrazándola por detrás. No podía perderla; era lo único que me quedaba y me soportaba. Tenía razón, las mujeres no me faltaban, pero solo por mi poder y fortuna. Sin embargo, ninguna se preocupaba

