CAPÍTULO VEINTIUNO —Signorina. —El conserje me llamó a su mostrador. Se giró hacia las casillas que había a su espalda y cogió un sobre. Reconocí la caligrafía al instante. Sentí como si se me derritiesen los músculos de las piernas. Madeleine sujetaba la puerta del ascensor. Me miró y luego al sobre. —¡Otra! Subimos las tres plantas en silencio. La habitación parecía indiferente a nuestro retorno, aunque ahora había adquirido un olor aséptico. Nos sentamos juntas en la cama más cercana y Madeleine observaba mientras mis dedos temblorosos sacaban la nota. —¿Qué clase de nota es esa? —susurró—. Parece como si la hubiera escrito un niño. El contenido de la carta estaba formado por símbolos: líneas rectas y curvas. Madeleine me la cogió. —Quienquiera que haya escrito esto, ¡bien podría

