Si bien la vida como madre y esposa traía muchas recompensas relacionadas con el amor, apoyo y hogar, nadie dijo que fuese fácil. Y una muestra perfectamente visible es esta mañana de sábado en donde me había tocado salir de compras al supermercado. Yo odiaba, ODIABA, ir de compras al supermercado sola. Razones para odiar a estos establecimientos había muchísimas: la musiquita demoniaca que siempre se repetía en modo non stop, la rueda defectuosa del carrito que justamente siempre tomabas, las ofertas engañosas que siempre te hacían comprarles como enajenada profesional, las filas siempre super largas y los cajeros siempre malhumorados que daban maldiciones a tu madre detrás de sus ojos taciturnos. Las suyas, por si acaso. Sí los odiaba. Y mucho más cuando se te ocurría la brillante ide

