Después de esa bochornosa escena pudimos desayunar todos en familia en el comedor, casi con normalidad. A excepción de las miradas de desaprobación de mi papá a Etienne; los sonrojos ocasionales de mi madre al verme; la hiperactividad de nuestro hijo por sus hermanitos; y la mano de mi esposo sobando peligrosamente mi muslo. Aunque sea no llevaba falda o vestido porque si no, sabía cuáles eran sus intenciones, este hombre no le tenía miedo a nada. Y menos mal que cual fuera su plan para celebrar nuestro aniversario, fue pautado con mis padres con antelación, porque una vez pasamos el resto de la mañana y algo de la tarde, nos despedimos de todos y emprendimos a un “lugar especial para celebrar”. No me esperaba que saliésemos tan temprano, el sol todavía iluminaba la ciudad, y Etienne no
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