El Fénix de Hielo (Parte III)

1844 Palabras
    –¿Por qué te extrañas? –La delicada voz del fénix generaba escalofríos en la piel de Jaen–. Tú lo haces.       –¡Jamás pensé que pudiera existir un ave tan hermosa como tú! –Y era sincero. Era la primera vez en su vida que el pelimarrón veía semejante criatura.       –Me siento halagada, humano. Ahora dime ¿Qué intentas conseguir en mi caverna? ¿Vienes a tomarme como esbirro al igual que todos los que he puesto como decoración en mi cueva?       –Sí. –Respondió con firmeza aunque, en el fondo, su corazón temblaba de miedo–. Quiero tenerte como mi aliada. –Al oírlo el ave pareció arquear una ceja, ceja que, de hecho, no tenía. Jaen pensó que comenzaba a volverse loco.       –¿Aliada? –Bufó–. Reconozco que eres el primero que usa un término menos despectivo… –Y durante un pequeño momento el ave pareció detenerse a reflexionar en sus palabras–. Siempre he odiado la palabra “esbirro”. Suena a esclavo. En fin… mi respuesta es NO. No estaré al lado de un ser inferior. Solo aceptaré tu propuesta si demuestras ser más fuerte que yo.       –¿Te refieres a un combate? –La voz de Jaen tembló.       –¿Crees que todos esos seres congelados los he matado yo? –El fénix dejó salir una carcajada.       –Pues… si…       –¡No fastidies! Han muerto por su propia voluntad.       –¿A qué te refieres? –El pelimarrón sentía que cada novedad solo generaba más temor en su interior.       –Es simple. Mi hogar está protegido contra intrusos. –Los celestes ojos del ave se montaron directamente sobre Jaen–. Desde tiempos ancestrales han intentado capturarme para usarme como arma en la guerra entre razas.       –¿Guerra entre razas? –Las noticias seguían lloviendo para el chico.       –¿Crees que las siete razas viven felices y en paz? Pues no es así, niño. –Mordió su labio mientras el fénix le miraba como a un ser inferior, y lo era–. Las guerras transcurren a menudo. Algunas han hecho alianzas, como en el caso de los Frinx y los Clorux. –Así que por eso Peter y Rosella eran tan allegados. Jaen ataba cabos y las cosas parecían cobrar sentido para él–. No seré usada como arma para guerras inútiles. –El ave soltó una apenas audible risa–. Al entrar a mi caverna has caído en mi prueba. Tu corazón ha sido evaluado… tu intención al querer capturarme…       –Solo quiero recuperar a mis amigos… y a mi madre. –Por primera vez en aquel momento la voz de Jaen sonó firme y autoritaria consiguiendo que el ave le mirara con curiosidad–. Además de ayudar a capturar al ladrón de las gemas.       –¿Es eso cierto?       –Por supuesto.       –Al parecer lo es. –Reconoció la voz suave y delicada–. De lo contrario ya estarías muerto.       –¿A qué te refieres?       –Si tu corazón abrigaba deseos egoístas y ambiciosos se congelaría de inmediato al entrar. –¿Era posible para un fénix tragar saliva? Pues a Jaen así le había parecido–. Eres la segunda persona que logra llegar hasta este punto sin morir.       –¿Quieres decir que vendrás conmigo? –Los ojos del chico brillaron con ilusión.       –Jamás he dicho eso, humano creído.     La enorme fénix extendió sus alas hacia arriba, formándose sobre ésta centenares de estalactitas apuntando hacia Jaen. El chico dio un paso hacia atrás mientras apretaba con fuerza el fragmento de zafiro que iba sobre él como collar.        –¿Qué pasa? ¿Esto es muy complicado para un humano? –Diez de las puntas de hielo se movieron hacia Jaen rápidamente. El chico dio un salto hacia atrás, evitando el impacto unido de estas–. ¿Eso es lo que harás? ¿Huir? ¡Ja! ¿Y pretendes que ayude a un humano débil? –El ave movió múltiples estalactitas hacia Jaen, aproximándose en todas las direcciones.       Su corazón latía fuertemente, haciendo que el fragmento comenzara a brillar, tornando sus oscuros ojos de color azul y mostrando marcas en el brazo que sostenía la piedra. De inmediato Jaen extendió su mano al frente, haciendo que el hielo le obedeciera, formando paredes de hielo contra la que impactaron las puntas heladas.       –¿¡Portas un fragmento del Zafiro Congelado!? –Exclamó el ave horrorizada–. Eso sí que no me lo esperaba. ¡Creo que entonces tendré que ser más drástica!                                                                                                 ***     Los desordenados cabellos azabaches del joven se movían por la velocidad en que corría. El viento concentrado en su mano, que formaba un puño, rompería cualquier cosa que impactara. Sus alas recogidas a la espalda. Un objetivo no se movía ante el evidente intento de ataque, lo cual preocupaba cada vez más a Hide.       Al estar a tan solo unos pasos lanzó un golpe con su mano derecha. Justo cuando estuvo a punto de impactar, el león desapareció de su vista. En el rostro de Hide se dibujó una media sonrisa. A una velocidad tremenda desenfundó una de sus espadas con la mano izquierda y lanzó un ataque ciego hacia su espalda.       Por la brillante hoja filosa se esparció el espeso líquido escarlata, goteando posteriormente en el suelo. La espada se había clavado en las dos patas delanteras del animal. Un fuerte rugido de dolor salió de su enorme boca. Rápidamente la serpiente en la cola se abalanzó sobre Hide. El chico movió su otra espada (la cual ya había desenfundado) al cuello de esta en forma de amenaza. La víbora se detuvo totalmente. Los músculos del chico se fueron relajando poco a poco al ver que el monstruo se dejaba dominar. ¡Lo había logrado!       –¡Con la fuerza que me concede la Esmeralda del Viento te tomo como esbirro, león verde real!       La piedra en su anillo emanó un brillo cegador. El enorme león fue absorbido por la luz, desapareciendo de la vista de ambos. El resplandor cesó y entonces Hide se dejó caer sobre sus rodillas, soltando ambas espadas en el suelo. Su cabeza aun sangraba y toda su ropa estaba sucia.       –¡Hide! ¡Lo hiciste! –Scarlet corría hacia él soltando vítores, quien, a decir verdad, no había dejado de preocuparse ni un instante. Se agachó junto al chico y le dio un abrazo  –Estaba muy preocupada…       –Tranquila, lo he logrado. No olvides el dicho: hierba mala nunca muere. –El chico soltó una carcajada junto a un gesto de dolor. Scarlet no entendió sus palabras–. Obtuve mi propio esbirro.       –¿Qué nombre le pondrás? –Añadió la chica separándose de él.       –¿Nombre?       –Cuando nombras a tu esbirro logras aumentar la confianza que este tiene en ti.       –Pues… ¿Qué tal Lynch? –Soltó rápidamente el pelinegro como si ya hubiese pensado en eso.       –Me agrada. –Scarlet mostró una sincera sonrisa al mirarlo. Era la primera vez que Hide veía su rostro de esa forma.       Hide podía ser un chico muy observador incluso cuando parecía ser alguien superficial y espontaneo. Creía en los pequeños detalles y confiaba bastante en quienes reconocía como sinceros. Él sabía que Scarlet no era una mala persona y solo por eso se había permitido confiar en ella.       Repentinamente un fuerte viento comenzó a soplar en el lugar. El cielo comenzó a oscurecerse a tal punto de parecer como si el sol se hubiese ocultado de forma inmediata. Hide tomó la mano de Scarlet y comenzó a mirar a todos lados mientras el viento traía consigo una silueta que permanecía a diez metros de ellos. El pelinegro se colocó frente a esta, moviendo a Scarlet a su espalda como gesto de protección. La chica también miraba con intriga.       –Hide Micklovich… –Habló la voz de una chica proveniente de la silueta como si esta analizara a quienes estaban frente a ella–. Y una Clorux sobreviviente. –Soltó con repulsión. Hide miraba con intriga. ¿Quién era esa persona que conocía su nombre? Sentía familiar su voz y aquello hacía el momento incluso más intrigante.       –¿Quién eres…? –Inquirió el chico tragando saliva.       –Es decepcionante que a estas alturas no consigas identificar la voz de alguien cercano a ti. –¿Era ella? Hide negó con la cabeza oponiéndose a la idea de que se tratara de esa persona.       –¿¡Quién diablos es ella Hide?! ¿¡La conoces?! –Scarlet comenzó a reprochar con rostro autoritario. Hide no salía de su intriga mientras seguía negando. Al verlo, la peliverde supo que él en realidad tenía la misma duda que ella.       La silueta de baja estatura por fin comenzó a caminar. Lentamente sonaban los tacones sobre los que estaba la chica. Pasó poco tiempo antes de que Hide y Scarlet pudieran observar a la luz de quien se trataba. Dorados cabellos se escurrían por la espalda de esta bajo una corona con detalles de cuarzo y esmeralda. Oscuras ropas ajustadas al cuerpo recorrían a la chica en su totalidad. Sobre sus hombros descansaba una capa de color n***o, guantes de tela negra ocultaban sus manos, largas botas con tacón cubriendo sus pies... Sobre los ojos llevaba un tono de maquillaje purpura y en sus labios un color n***o. Su piel era pálida. Finalmente los azules ojos de la chica se movieron hacia Hide con una mirada malévola y una media sonrisa. Su mano derecha descansaba en la cintura de esta.       –Me… ¿Mei…? –Pronunció Hide tartamudeando con mirada de incredulidad.       –No dejas de ser un chico lento de mente ¿verdad? –Se burló la rubia–. Pero no vine aquí a tener un lindo reencuentro. ¡Entréguenme los fragmentos de la Esmeralda del Viento!       –¡Jamás! –añadió Scarlet saliendo del lugar en el Hide la mantenía.       –¡Ay por dios! ¡No me obliguen a hacer esto por la fuerza! Preferiría no tener que matarlos.       –¿Tu… tu eres la ladrona de las piedras? –Hide no salía del shock que le produjo ver a Mei de esa forma.       –¡Soy la subordinada de quien será la Reina del nuevo mundo! –Orgullo y una clarísima lealtad se escuchaban en cada palabra que Mei expresaba.       –¿Por qué haces esto? –La voz del pelinegro era casi un susurro–. ¡Mei somos buenos amigos!       –Éramos… –Le corrigió–. Ya no me considero tu amiga.       –Te han lavado el cerebro…          –¡Nadie me ha lavado el cerebro! Sirvo a mi señora por voluntad propia. –Aunque, a fin de cuentas para Mei no existía ningún problema con que su antiguo amigo le creyera o no–. Entréguenme las piedras o no tendré piedad alguna con ustedes… ni siquiera contigo, Hide.
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