Corrió, de verdad, que lo hizo.
Entonces, observó fijamente al hombre uniformado que se estaba interponiendo en su camino, alzó ambas manos hacia el frente y lo hizo volar por los aires, consiguiendo que su cabeza se estrellara contra el muro y quedara totalmente inconsciente.
Se abrió paso entre las pocas personas que la observaban con asombro y con temor, y llegó al lugar: una gran bóveda, en donde había visto que guardaban el dinero. No lo pensó dos veces y se adentró con la mochila colgando en sus hombros. Lo hacía rápido, sabía que si la atrapaban estaría en graves problemas.
Un policía le apunto con su arma, pero ella no le dio importancia y siguió guardando el dinero. No estaba orgullosa de lo que estaba haciendo, pero se dijo a sí misma que sólo serían unos cuantos billetes, así podría sobrevivir unos meses.
—¡Detente! —ordenó otro policía, que estaba de pie junto al marco de la bóveda. El hombre tenía una pistola entre sus manos y le estaba apuntando, al igual que su compañero que se encontraba a su costado.
—Lo siento, no puedo —negó, haciendo su voz un poco más grave de lo normal y se acomodó la vieja y rubia peluca que llevaba puesta. Estaba claro que no quería que su identidad fuese descubierta.
—Dispararé —advirtió el policía, quitándole el seguro a su pistola. Ella se detuvo, los miró por una fracción de segundo, alzó ambas manos hacia el frente y, sin previo aviso, los hizo volar por los aires. Ambos oficiales fueron estampados contra la pared, quedando inconscientes.
—Lo siento —susurró a la nada. Entendía que estaba mal lo que estaba haciendo, pero no sabía qué otra opción tomar. Estaba cansada de mendigar, estaba cansada de no saber si podría comer ese día o no.
Transcurrieron unos escasos minutos y decidió que ya era hora de irse, más guardias vendrían y ella ya estaba cansada como para hacerlos volar también a ellos. Cerró la mochila con el dinero, acomodó la tela con dos orificios que funcionaba de máscara -que le cubría la mitad del rostro- y se dispuso a emprender su camino hacia la salida.
—No creo que puedas llevarte todo eso —una voz grave, potente y quizás algo distorsionada, la tensó e hizo que se pusiera velozmente la mochila sobre sus hombros. Esta vez observó hacia la puerta de la bóveda y pudo divisar a un hombre con traje de color rojo.
"Entonces, no eres un mito", pensó.
Había escuchado de él, pero, ciertamente, creyó que sólo eran mentiras por parte de las autoridades para que los villanos le temerían a algo.
Por obvias razones no sabía quién se escondía bajo la máscara que le cubría la mitad del rostro y parte de la barbilla. Lo único que conocía era acababa con los villanos, o eso era lo que había escuchado.
—Lindo traje —masculló antes de alzar su mano derecha y tratar de derribarlo, pero para su sorpresa aquello no ocurrió. Lo único que fue capaz de ver fue una especie de rayo de color anaranjado con rojo, luego que el desconocido se moviera de lugar. Ella parpadeó varias veces y frunció el ceño.
"Oh, entonces corres rápido", pensó.
—Eso fue un poco lento —otra vez la misma voz le habló. Ella volvió a girarse para encontrarse con el tipo de traje rojo. Desconcertada intentó atacarlo, pero, otra vez, no tuvo éxito. Intentó un par de veces más, pero no logró darle con su poder en ningún momento.
Se sintió frustrada, a la vez que muy cansada y débil, sentía que en cualquier momento sus piernas fallarían y terminaría de bruces contra el suelo. Agitó la cabeza y trató de recomponerse. Agarró fuertemente las correas de la mochila y decidió empezar a correr. Debía huir de ahí, o se desvanecería en cualquier momento.
El individuo de traje rojo se interpuso en su camino y, de un momento a otro sintió como fue empujada hacia atrás, cayendo abruptamente contra el duro suelo.
Trató de ponerse de pie, pero apenas y pudo apoyarse sobre sus codos, su cuerpo se sentía más pesado de lo usual y su cabeza dolía por el golpe que había recibido al caer. Sintió su vista nublarse, sabía lo que sucedería a continuación y luchó para que no ocurriera, pero su cuerpo no resistiría por mucho, así que, sin poder evitarlo, se dejó arrastrar a la inconsciencia.
A los pocos minutos, abrió los ojos con rapidez, aunque la iluminación artificial hizo que los cerrara nuevamente, la luz le había dado de lleno e hizo que le dolieran. Sabía que se encontraba echada sobre el suelo, pero no sabía dónde y eso le hizo estremecerse. Esta vez abrió los ojos lentamente.
Lo primero que vio fue el techo y las blancas luces. Se reincorporó ayudándose con los brazos y se apoyó contra una de las paredes. Su cabeza dolía y su cuerpo también.
Con dificultad se levantó del piso y observó el lugar. Miró hacia todos lados, desesperada por encontrar una salida. Estaba en un espacio pequeño y cerrado y ella odiaba esos espacios. Le hacían recordar, revivir momentos que ella quería sepultar en lo más profundo de su cabeza.
Observó hacia al frente y, lo que parecía ser la puerta de salida, estaba cerrada. Era de un grueso vidrio y sólo podía ver un pasillo y varias luces azules y blancas.
Intentó usar sus poderes con todas sus fuerzas, pero fue inútil, no parecía que era lo suficientemente fuerte como para derribar la puerta y largarse de ahí.
—¡Sáquenme de aquí! —exclamó, utilizando su voz un poco grave —Maldición —expresó, dándole un golpe al vidrio.
Se percató que ni siquiera le habían quitado la vieja peluca o lo que simulaba ser una máscara, y creyó que había sido algo tonto por parte de su opresor.
"Concéntrate"
Nuevamente golpeó con sus puños la gruesa puerta de vidrio hasta que estos dolieron, tuvo que detenerse o comenzarían a sangrar. Esta vez utilizó sus pies y comenzó a darle golpes a la puerta, intentando llamar la atención de alguien, pero nada parecía dar resultados.
Agotada, se sentó y abrazó sus rodillas.
»Todo está bien, tranquila, respira —murmuró para sí misma, meciéndose levemente.
Hacía mucho que no se encontraba en un espacio así de pequeño y cerrado. Los recuerdos volvían a estar frescos en su mente, logrando inquietarla, logrando que se pusiera ansiosa.
"Basta, por favor"
Cerró fuertemente los ojos y dio grandes bocanadas de aire. Sentía su pecho oprimirse y eso logró desesperarla.
Cuando volvió a abrir los ojos, sintió que sus memorias habían conseguido cegarla de la realidad. Su mente volvía a jugar con ella y le hacía ver cosas de su pasado. Ya no se encontraba más en ese sitio. Ahora, el sitio que le mostraba su mente era frío, húmedo y olía a moho.
Sus manos empezaron a temblar. Empezó a sudar frío, su visión se tornó borrosa y limpió rápidamente las lágrimas que se acumularon en sus ojos. Sabía lo que sucedería, lo sabía muy bien. Intentó usar sus poderes, pero tampoco funcionaron.
Estaba encerrada ahí, otra vez.
Entonces, no pudo evitar reproducir aquel recuerdo:
El sonido de las llaves que chocaban entre sí hizo que temblara de miedo y retrocediera hasta chocar con un mueble viejo, roto y polvoriento. Escuchó el cerrojo abrirse y aquella señora robusta y alta, entró con una sonrisa de superioridad en su rostro.
"No otra vez, por favor"
El miedo invadió el cuerpo de ella e intentó levantarse y correr para escapar de lo que se avecinaba. Pero antes de que pudiera dar otro paso, la señora hizo resonar su vara, larga y de madera, en el aire. El silbido y el golpe contra el suelo hicieron que se quedara quieta en su lugar.
—Sabes que no puedes escapar —su voz ronca y llena de maldad, inundaron sus oídos —Y sabes lo que sucede cuando una es castigada —la señora soltó una risa, burlándose de ella.
—Pue-Puedo explicarlo —susurró con terror y desesperación —Por favor —suplicó, pero, antes de que pudiera seguir hablando, el primer golpe llegó justo a su brazo derecho.
Ella gritó de dolor mientras otro golpe llegaba a su blanquecina y pálida piel. La señora golpeaba con tal fuerza que estaba segura de que las marcas no se irían en un buen tiempo.
¿Por qué la había desobedecido? Pero sólo quería algo de comer, tenía mucha hambre.
—Duele, por favor —suplicó nuevamente, pero sabía que aquella señora no se detendría hasta asegurase de que había aprendido la lección. Ella cerró los ojos y sólo imploró a que acabara pronto.
—*—
Los golpeteos constantes que provenían de algún lugar hicieron que su recuerdo se desvaneciera, aunque no del todo, seguía en un pequeño limbo, entre la realidad y sus memorias.
Abrió con rapidez los ojos y se colocó de pie para retroceder lo más que podia. Volvió a mirar a todos lados con desesperación.
—No más, por favor —susurró muy bajo, esperando otro golpe.
—Tranquilízate —la voz de aquel ser vestido de rojo, hizo que mire a su dirección.
Aquel desconocido de pie detrás del vidrio, le dio a entender que ya no estaba más en el otro lugar y, quizás, ya no habría más golpes. Aunque la duda comenzó a surgir de inmediato cuando el desconocido se acercó más al vidrio. Tal vez el venía a darle uno de esos castigos, una dolorosa lección que marcaría su cuerpo.
Ella se estremeció y clavó las uñas de sus dedos en la palma de sus manos, así evitando soltar alguna lágrima. Llorar sería lo peor que pudiera hacer. Debía verse fuerte, aunque fuera una tarea algo imposible de cumplir en ese momento.
Clavó su vista en el desconocido y se percató que él llevaba su máscara puesta, obviamente no podía ver quién se ocultaba bajo esta. Además, había algo raro, era como si ese individuo utilizaba su velocidad sobrenatural para que su cabeza no dejara de moverse, aquello le imposibilitaba ver si se trataba de alguien muy adulto o joven.
—¿Quién eres? —ella preguntó, tratando de no perder la calma ni verse asustada delante de su opresor.
Nuevamente, sin poder evitarlo, un sinfín de situaciones -unas peores que las otras- pasaron por su cabeza y en todas ella terminaba terriblemente herida o muerta.
—Eso mismo me pregunto yo —respondió él, apoyándose en el cristal que los separaba de aquel extraño sitio.
El lugar se quedó en silencio un momento, ella sintió que el tipo de traje la observaba, haciendo que sus nervios se intensificaran.
»¿Cuál es tu nombre? —le preguntó el de traje.
—¿Me sacarás de aquí si te digo mi nombre? —ella murmuró dos tonos más alto de lo normal.
—Depende —el desconocido respondió. Verdaderamente él no tenía intención de sacarla, pero quería saber algo de la villana y sabía que, si respondía con un rotundo no, ella no cooperaría.
Esta vez ella lo miró frunciendo el ceño, pero decidió que le diría su nombre. Si eso le haría salir de ese horrible lugar, se lo diría.
—Soy Madison —murmuró sin muchos ánimos. Estaba cansada, débil y, sobre todo, no podía soportar el encierro. Caminó de un lugar a otro. Sólo quería salir. —Bien, ahora que te he dicho quién soy, déjame salir —golpeó nuevamente el vidrio con su puño, totalmente frustrada y desesperada.
"Por favor"
—Primero debes sacarte esa máscara —el metahumano probó, esperando que le hiciera caso y así poder ver de quién se trataba.
Para él, por alguna razón, toda esa situación le resultaba extraña. Aún no sabía qué con exactitud, pero había algo raro en ella. Su voz y su tembloroso cuerpo le daba a entender que aquello no era una situación común.
—Por favor, sólo déjame salir —la voz de Madison esta vez salió en súplica. Ya ni siquiera había hecho su voz sonar más grave. Sentía que en cualquier momento se podría a llorar y no quería que eso ocurriera.
"No debes llorar o te castigará con más fuerza"
Al de traje le extrañó la súplica que había escuchado. Pensó que, quizás, aquella metahumana sufría de claustrofobia, lo cual lo dejó algo curioso y pensativo, no se había cruzado con un metahumano que tuviera esa condición.
—Quítate la máscara —él esta vez ordenó, intentado obtener resultados y por fin saber con quién estaba lidiando -Sí, había sido un error no sacarle la máscara antes de encerrarla, pero otro metahumano estaba causando destrozos y no había tenido tiempo-
Madison se estremeció por la firmeza de la voz de aquel ser, encogió sus hombros y asintió con la cabeza.
—¿Eres... Eres policía? —tartamudeó y se golpeó mentalmente por eso. Tenía que asegurarse, el miedo de que las autoridades la devolvieran a ese lugar era más fuerte de lo que podía hacerle ese desconocido. Sentía que su libertad comenzaba a pender de un hilo.
—No. Soy Flash —ella se armó de valor y alzó su vista para verlo. No sabía si sentirse aliviada porque no era un policía, o aterrada porque, ahora que sabía quién era, no sabía qué esperar.
—Creí que no existías —Madison susurró, pensando en voz alta.
—¿Ahora vas a quitarte la máscara? —esta vez su tono de voz no había sonado tan firme ni potente, aquello pareció darle otro poco de valor a ella para decir lo siguiente:
—Así como yo voy a hacer algo, tú también debes hacer... hacer algo —Madison murmuró, no atreviéndose a verle al rostro.
Ella guardó silencio unos segundos, pensando en sus siguientes palabras. Sabía que Flash no se quitaría la máscara ni en un millón de años, así que pensó en otra posibilidad:
»Voy a quitarme la máscara, sólo si dejas de mover tu cabeza y... —pensó otros instantes, pero no podía dejar pasar la oportunidad, o sus tripas se terminarían comiendo las unas a las otras — ...y me das algo de comer —concluyó, obligándose a alzar la mirada con algo de decisión. No quería verse tan débil frente a él.
Flash se quedó unos segundos en silencio, preguntándose qué clase de villana pedía comida. Aquella demanda le hizo algo de ruido, algo no andaba bien. Dudó un momento, pero ya había decidido qué hacer, a pesar de que sus amigos le decían por el auricular que quizás todo era una trampa. Algo de toda esa situación le causaba curiosidad, algo le decía que aquel caso iba a ser diferente a los demás.
—De acuerdo —murmuró el de traje, no muy seguro de lo que estaba haciendo, pero decidió dejarse llevar por su intuición; así que, en cuestión de milisegundos, su rostro dejó de moverse a velocidad sobrehumana.
Madison se sorprendió ligeramente de qué hubiera aceptado, ciertamente creyó que se reiría de ella. Esta vez lo observó un momento. Ahora podía ver sus ojos y la mitad de su rostro, entonces dedujo -y suplicó a no estar equivocada- que sólo era un chico, un adulto joven.
Sintió algo de alivio recorrer su sistema; aunque sabía que no debía bajar la guardia, que fuera joven no lo eximía de que le pudiera hacer algún daño. Sólo pensó que sería más fácil convencerlo de que no la delatara a las autoridades.
»Tu turno —escuchó la voz de él y ella asintió.
Madison colocó una mano en la tela que simulaba su máscara y la otra en su vieja y rota peluca, y empezó a quitárselas por completo. Su cabello largo de color castaño quedó a la vista junto a su pálido rostro.
Madison observó nuevamente al chico y su expresión la desconcertó ¿Había hecho algo mal? Ella se estremeció, pensando en que él querría corregirla.
Flash parpadeó un par de veces, asegurándose de que su imaginación no es estaba jugando con él. Pero cuando ella clavó sus verdes ojos en los de él, se dio cuenta que era la realidad.
Sólo era una niña.
Una niña metahumana.
¿Cómo no se había dado cuenta antes? Ciertamente esa mañana había estado muy distraído y ocupado tratando de salvar la ciudad.
¿Qué se suponía que haría con una niña metahumana? No era como si pudiera dejarla encerrada en ese lugar, no cuando parecía temerle tanto.
—Por favor, ahora sácame de aquí —otra vez el tono de súplica se escuchó y Flash sintió su corazón ligeramente encogerse —No puedo estar aquí —susurró, más para ella que para él.
Luego de unos interminables segundos, el de traje soltó un pequeño suspiro. La sacaría de ahí, pero debía ser firme en lo que diría a continuación, para el bien de ella y de todos.
—Prométeme que no tratarás de usar tus poderes contra mí —habló con voz algo más sería.
Sí, era una niña, pero Flash debía asegurarse de que no iba a intentar atacarlo. Si intentaba atacarlo, quizás ella podría resultar herida a la hora de que él tratara de defenderse, y la verdad era que Flash no quería que aquello ocurriera.
»¿Está claro, Madison? —cuestionó con firmeza, probando su nombre. Por unos segundos, observó a la niña estremecerse en su sitio y aquello lo inquietó. ¿Acaso no debió usar ese tono? ¿Porque reaccionaba de esa forma?
Madison sintió miedo por la firmeza de sus palabras, así que asintió con la cabeza velozmente
—No... No lo haré —susurró, encogiéndose ligeramente en su sitio.
No sabía de lo que él sería capaz de hacerle, pero no sucedía nada bueno cuando alguien mucho mayor a ella se enojaba. Además, aunque quisiera, no podía usar sus poderes, porque se sentía muy débil como para siquiera intentarlo.
—Y, sobre todo, no intentarás escapar —está vez indicó en un tono más suave al ver la extraña reacción de la niña.
Madison soltó un suspiro.
—Bien.
Flash retrocedió unos pasos y el cristal se empezó a elevar y, junto con él, la puerta.
La niña dio un paso indeciso hacia adelante. Sabía que debía correr y escapar antes de que él pudiese ponerle las manos encima. Quizás eso de "tipo bueno que salva la ciudad" era sólo una fachada y, en verdad, era un ser despreciable, como con los que se había cruzado.
Además, no podía dejar que llamase a alguna autoridad. Había sido muy cuidadosa para sobrevivir todo ese tiempo sin ser encontrada.
"Písale el pie y corre. Te hará daño, te entregará"
Madison dudó unos segundos, pero le hizo caso a su cabeza. Sacando las únicas fuerzas que le quedaban y le pisó con fuerza. Eso distrajo al del traje y ella empezó a correr.
Sabía que no había sido una buena idea, pues a escasos centímetros sintió el agotamiento invadir toda su anatomía. No había comido un bocado desde el día anterior en la mañana, su estómago rugía con fuerza y le rogaba por comida; como ella no podía proporcionárselo, sus energías estaban por los suelos.
Antes de que llegara a la puerta, el tipo de traje rojo se posicionó delante de ella, obligándola a detenerse. Madison alzó su cabeza y esta vez lo observó con terror. La había tomado desprevenida y enseguida retrocedió unos pasos.
—Dijiste que no escaparías. Creo que debo llevarte de vuelta a la celda —el rostro serio del chico le hizo pensar en lo peor, alzó ligeramente las manos hacia adelante, cubriéndose un poco.
"No hagas eso, sabrá que estás asustada", su mente le reprochó.
Flash avanzó unos pasos hacia ella con la intención de sostenerla, pero ella dio otros rápidos pasos hacia atrás.
—No —murmuró esta vez cubriéndose el rostro. La reacción de la niña hizo que Flash detuviera sus acciones algo desconcertado. Ella repeló tan rápido su tacto, que era como si pensara que él le fuera a hacer algo. ¿Por qué?
—¿Hey, estás bien? —el velocista no pudo evitar preguntar. La niña bajó sus brazos y lo observó un momento.
"¿Quieres dejar de ser una miedosa niña?", su mente demandó.
—Yo... —habló en un murmuro —Lo juro, no trataré de escapar. Lo juro. No me encierres —expresó no pudiendo evitar sonar asustada. La niña alzó la mirada, aquellos verdes ojos conectaron con los del chico.
El muchacho soltó un suspiro y la inspeccionó unos segundos. Tenía el cabello largo y castaño, sus ojos eran verdes claros y su piel era blanca y algo pálida. La verdad que era pequeña. Su estatura fácilmente llegaba hasta casi la altura de su ombligo. Era de contextura muy delgada -algo quizás también intrigante y alarmante- El chico no podía decir con exactitud la edad. Por su tamaño unos 7 u 8 años, tal vez. Pero la forma en cómo se expresaba y hablaba podía ser algo mayor a esos números. No estaba seguro.
Algo andaba mal.
—Bien, no habrá más oportunidades —finalmente respondió. Madison asintió y se abrazó a sí misma.
—Tráela aquí, Barry —escuchó que su amiga le hablaba por el auricular. Él sólo asintió y ordenó sus pensamientos para poder hablar.
—Vamos —indicó, caminando y esperando que ella lo siguiera.
Madison empezó a caminar detrás de él, creía que no tenía otra opción. No sabía a dónde se dirigían, pero pasaron por un largo pasillo antes de llegar a una puerta, aquella se abrió y se encontró con una enorme habitación. La castaña observó todo el lugar, giró sobre sus talones y empezó a mirar todo.
—Esto es enorme —murmuró.
Comenzó a ver las computadoras, las grandes pantallas colgadas en la pared, máquinas -que no tenía la menor idea para qué servían- las bonitas sillas giratorias y la gran mesa semicircular donde había otras dos computadoras. También divisó otros espacios que los separaban ventanas grandes de vidrio o puertas de color blancas. Entonces, pensamientos negativos invadieron su cabeza, haciendo que quisiera alejarse de aquel lugar de inmediato.
¿La encerrarían en uno de esos sitios? ¿La lastimarían para obligarla a que hiciera cosas?
»¿Dónde estamos? —su voz salió algo baja, esperando una respuesta por parte del tipo de traje.
—En los laboratorios S.T.A.R.T —respondió una chica.
La voz de ella la sobresaltó ligeramente y volteó su cuerpo para poder ver de quién se trataba. Lo que más le sorprendió fue la sonrisa cálida que le estaba mostrando, pero se obligó a no bajar la guardia. Quizás todo aquel gesto era un engaño y dentro de poco se convertiría como las mujeres que había conocido... aunque ella era mucho más joven.
La chica de quizás la misma edad que Flash -unos 23 o 25 años- tenía ojos castaños, piel blanca y el cabello marrón claro con ondas. También llevaba un bonito vestido de color azul marino que le llegaba un poco más arriba de las rodillas.
Madison se encontró comparando la ropa de ella con la suya. La niña llevaba un pantalón viejo de color n***o con algunos agujeros en las rodillas y una ancha camiseta de color azul marino desteñida.
—Soy la Doctora Caitlin Snow, pero me llaman Caitlin o Cait —la muchacha extendió su mano hacia la niña, pero por inercia la menor retrocedió unos pasos.
La acción de la niña llamó la atención de los presentes ¿Por qué siempre se alejaba como si esperaba a que alguien la lastimase?
Madison no retrocedió más y recordó lo que había visto en la calle, entonces, hizo lo que había observado: estrechó, dudosa, su mano con la de Caitlin y, por alguna extraña razón, sintió calidez. Al ver la sonrisa de la muchacha no pudo evitar hacer ella una diminuta sonrisa, casi inexistente.
"¿Qué haces?"
—Y yo soy Francisco Ramon, pero me gusta que me digan Cisco —él también le tendió la mano, esta vez la niña se obligó a no retroceder, pero dudó muchos segundos mientras lo observaba.
Ese chico de la misma edad que los otros. Se percató que tenía el cabello n***o y largo y ojos casi negros; vestía con pantalón plomo, un polo estampado y una camisa a cuadros abierta. Al final le correspondió el saludo, pero no le sonrió como había hecho con Caitlin.
Debía salir de ahí cuanto antes.
La pequeña había aprendido a no confiar en las personas más grandes que ella, siempre llegaba a la conclusión de que eran egoístas y sólo velaban por su propio bien.
—¿Cómo te llamas? —inquirió, nuevamente con voz cálida, la chica de pie frente a ella.
—Madison —respondió finalmente. Era un nombre solamente, no era importante al fin y al cabo.
De pronto, un olor exquisito envolvió todo el lugar. El estómago de Madison comenzó a rugir con más fuerza, como si, aquel órgano, también hubiese olido la comida e intentase escapar del cuerpo de la niña y devorar todo a su paso.
—Traje pizza —Madison miró a Flash y se percató que dejaba una caja cuadrada sobre la otra mesa. Se apresuró a ir y trató de mantener un poco la calma, aunque por dentro quería tragar todo de un bocado.
Madison no sabía muy bien qué era la pizza, más bien, nunca había probado una. Así que, cuando Flash abrió la caja, se quedó anonadada por la buena pinta que tenía.
Todos los presentes se quedaron sorprendidos ante la mirada de la niña, parecía como si no hubiese comido en días, y eso hizo que cierta tristeza recorriera por sus cuerpos.
—Come, es toda tuya —ofreció Flash.
Al poco tiempo de decir esas palabras, Madison comenzó a engullir el exquisito alimento. Sentía cómo su estómago se llenaba y se llenaba, como nunca lo había hecho. Hasta que ya no pudo comer más, no estaba acostumbrada a comer mucho. Sólo había podido comer tres pequeños pedazos, sabía que se arrepentiría después. Pero ¿qué podía hacer? Vomitaría lo demás si seguía ingiriendo.
—¿Segura que no quieres más? —le preguntó Flash cuando ella tomó todo el contenido del vaso de agua que le había alcanzado Caitlin.
—Ya no puedo comer más —fue su respuesta, limpiando las comisuras de sus labios con la servilleta. Ni el chico ni los demás insistieron.
—¿Y cuántos años tienes? —Cisco se atrevió a preguntar. Madison lo miró un tanto dudosa. No sabía si él era bueno o era como todos los chicos con los que se había cruzado u obligada a convivir.
—Diez años —habló encogiéndose de hombros. Era la única fecha que recordaba, una que tampoco tenía mucho significado para ella.
Los tres chicos se quedaron sorprendidos ante lo que habían escuchado ¿Qué se suponía que harían con una niña de diez años?
Aunque su forma de hablar y de expresarse les hizo deducir que era mucho más madura de alguien promedio a su edad. Tal vez las cosas que había vivido -buenas y malas- la habían hecho madurar más rápido de lo usual. Y, bueno, también se dieron cuenta que era de estatura muy baja para una niña de esa edad. Quizás era genético o quizás habían factores externos que hicieron que su crecimiento no fuera el adecuado.
—¿Dónde están tus padres? —esta vez fue Caitlin la que se atrevió a preguntar, observándola con afecto. La chica no podía creer que aquella niña había intentado robar una gran cantidad de dinero. No sabía si lo había hecho por voluntad propia o por obligación.
Madison pensó que tenía que evadir el tema cuanto antes, sino la mandarían de vuelta a ese horrible lugar.
—Están de viaje —desvió ligeramente la vista de la penetrante mirada de la chica. Creía que podía leerla con facilidad. Además, había algo en ella que le hacía querer decir la verdad.
"Basta, Madison"
De pronto, la castaña comenzó a sentirse mareada, su cuerpo volvió a sentirse débil. El utilizar tanto su poder le exigía una gran cantidad de fuerza una que, por la baja calidad de vida y factores que ella no iba a explicar, no tenía. Trató de que ellos no se dieran cuenta, trato de bajar de la silla sin caer al suelo. Pero sus piernas flaquearon y no pudo sostenerse más.
Ninguno de los presentes le convenció su respuesta, algo no iba nada bien y lo confirmaron cuando Madison casi se desvanece contra el suelo. Si no hubiese sido por los buenos reflejos de Flash, ya se hubiera golpeado de lleno contra el duro piso. La alzó de modo que sus piernas quedaron hacia un costado, colgando en el aire, y su cabeza apoyada en su pecho.
¿Por qué se había desvanecido tan de repente?