Dos días después, con una orden judicial en sus manos, Emma fue junto a sus abogados y la policía de la ciudad a aquella casa en la que había vivido toda su infancia, esa que escondía secretos y guardaba los ruines pasos del hermano que prefirió el dinero antes que a su propia sangre. –No tengo llaves, pero no creo que él vaya a abrir la puerta – soltó Emma. La diligencia se estaba llevando a cabo muy temprano, Emma conocía a la perfección los horarios de Ezra, después de todo, tanto tiempo con él la obligó a guardar en su cabeza cada una de sus costumbres, desde las más básicas, como su hora de despertar, hasta aquellas más extrañas y confusas, como que nunca comía carne en viernes, por un tema de superstición. –Como dueña, necesitamos que nos autorice el ingreso forzoso a la casa –

