–Nadie va a verme la cara de estúpido – gruñó Dante, dirigiéndose a la entrada por la que Emma cruzaría en solo un par de instantes. El hombre caminó con determinación, pero al mismo tiempo con cuidado, poniendo su palma derecha sobre el hematoma que todavía dolía y palpitaba en su tórax, sin duda alguna, su dolor muscular no era tan grande como para ignorar el hecho de que Emma estaba dentro de un auto prácticamente besando a un hombre, ¿Qué se creía esa mujer? ¿Hasta qué punto era capaz de llegar su descaro? Se cuestionó Dante. –Hola muñeca – Perséfone, que olió a Emma desde antes de que entrara a casa, se acercó a ella y se rascó el lomo contra su pierna. Emma se agachó y entonces comenzó a acariciar al animal, que a veces se comportaba como un perro, dando la vuelta para que ella

