¿Cómo era posible que un hombre le hiciera experimentar un espasmo tan violento, obligándola a jadear como una loba en celo, simplemente por la forma en que succionaba sus pechos? Parecía una imposibilidad física, una trampa de sus propios sentidos que la dejaba vulnerable ante el poder de Alaric. Abril, en medio de la bruma del deseo, no pudo evitar que la imagen de Diego cruzara su mente por un segundo; recordó lo monótono que era el sexo con él, lo predecible de sus movimientos y lo difícil, casi utópico, que resultaba para ella alcanzar un orgasmo genuino entre sus brazos. Pero ahora la realidad era otra. Ahora estaba siendo cargada por un hombre que medía casi dos metros, cuya fuerza bruta la hacía sentir pequeña y protegida al mismo tiempo, mientras la llevaba directamente al penthou

