Nate Pasamos horas hablando de nosotros, compartiendo detalles de nuestras vidas que aún no habíamos conocido. Cada historia, cada anécdota, nos acercaba más, como si al descubrirnos mutuamente también descubriéramos partes de nosotros mismos que desconocíamos. La conexión entre nosotros se sentía más fuerte, más profunda. La intimidad de la conversación, sumada a la calidez del agua y la cercanía de nuestros cuerpos, creó un ambiente donde el tiempo parecía detenerse. Nuestra piel se arrugó de tantas horas en el agua, un signo de cuánto habíamos disfrutado el momento. Cuando finalmente decidimos salir, me levanté de la tina y la llevé conmigo en brazos. Lena se aferró a mí, su cuerpo temblando ligeramente por el contraste con el aire fresco del baño. —Vamos a secarnos, —susurré, y

