Capítulo 10.

1935 Palabras
Viktoria. Otra semana más, un nuevo día empezaba en esta ventosa ciudad de la cual me estaba acostumbrado a estar. Convivir con Cayden se hacia bastante llevadero, tenemos una buena química de convivencia por así decirlo y lo cual deja que él se encuentre avanzando de a poco a este tratamiento que estoy implementado. ¿Defraudarme? Por el momento viene siendo el paciente más ejemplar, solo debo controlar que las horas de ejercicio o su trabajo no se vuelva una adicción. Los adictos tienen a intercambiar sus vicios, él antes tenía una debilidad por el juego y el alcohol, ahora no debo dejar que lleve otro al extremo como lo es la actividad física o su trabajo. En el momento que vea algo extraño debo cambiar sus rutinas, nada debe generar un comportamiento adictivo para un adictivo en rehabilitación. Esta peculiar mañana había provocado que despierte un poco más temprano de lo normal, aprovechando mi soledad agarré mi libreta acompañada de una buena taza de café para hacer unas anotaciones sobre la evolución de Cayden. Sus padres debían estar orgullosos de su avance. Mire mi teléfono en el mismísimo momento que empezó a sonar y suspiré cansada, sabiendo que debía contestar, lo venía ignorando hace varias semanas. — ¿A qué debo tu llamada? — consulto. — ¡Hasta que al fin, mi querida sobrina se digna a atender! — ironiza tío Odik detrás de la línea. — Estaba lideada de trabajo — afirmo. — Debería preocuparme de tu adicción al trabajo... — No es una conducta adictiva — lo detengo. — Se manejarlo, trabajo lo justo y necesario — afirmo. — Sabes que no necesitas hacer esto — me recuerda. — Sabes que si necesito hacer esto — ahora soy la que le recuerda mi punto. — Viktoria — murmura suspirando. — Tío Odik, estoy bien y a gusto con mi trabajo, no necesito que estés preocupado — acoto. Escucho su risa falsa. — ¡Claro que estoy preocupado! — exclama. — Más al enterarme que mi sobrina mayor está comprometida con un Ivanov — agrega con molesta. — ¿Cuándo carajos pensabas decirme esto? — indaga molesto. — Es por el bien de nuestra familia — hablo tocando mi nariz. — No, eso sí que no te lo acepto — me detiene. Tío Odik está demasiado cabreado. — Piénsalo bien, un Ivanov con una Brankovič, traería buena dicha a la familia — trato de hacerlo entrar en razón. — Así como me dices que lo piense mejor pon tu también a trabajar esa linda cabecita tuya y piensa mejor las estupideces que estas diciendo — masculla. — Es mi vida, tío Odik — sentencio. — Perfecto — responde. — Es un mes es mi cumpleaños, te quiero aquí porque ese día no solo festejaremos mis cincuenta años sino que también me voy a casar — me informa tomándome por sorpresa. ¿Qué? ¿Tío Odik casándose? Eso si que tiene que ser una locura. — ¿De que hablas? — inquiero confundida. — No eres la única que piensa en la familia, me voy a casar y tendré un hijo — declara. — Teniendo un hijo me corres a mi del legado Brankovič — afirmo molesta. — Tal vez es eso lo que busco — sentencia. — ¡Eso es absolutamente injusto! — exclamo demasiado cabreada. Él no podía hacerme esto, no después de todo lo que hice para poder relacionarme con los Sokolov y tener su confianza. Estoy en un país completamente diferente al nuestro y del otro lado del mundo haciendo un trabajo que no quiero solo para poder llegar un poco más dentro de la mafia rusa y que gano que mi tío quiera sacarme del legado Brankovič como si nada. — Injusto es dejar que cometas las mismas estupideces que hizo tu madre, a ella fue muy tarde para salvarla, pero a ti si que lo voy a impedir — dice cortando la llamada. Gruño cabreada marcando de nuevo su número, esto no había terminado y claro que debía escucharme. No soy mi madre, no pienso cometer las mismas estupideces solo busco tener más poder desde el dominio de los Brankovič. — ¿Una mala mañana? — la voz de Cayden me sobresalta. — ¿Escuchaste mi conversación? — pregunto dándole una mala mirada. — Si, pero no — se encoge de hombros. —no entendí ni una putada, hablabas en ruso y ese idioma más que decir malas palabras que un amigo me enseñó hace años no se nada más — se justifica. Suspiro aliviada. — Temas familiares — me limito a decir antes de entrar a la cocina para lavar mi taza. Necesitaba estar sola y pensar. — Si, por tu voz me di cuenta. En verdad estás enojada — afirma mirando mi rostro. — Me iré a preparar — digo saliendo de ese lugar. Quiero estar sola. Estoy a punto de explotar y Cayden no tiene la culpa de nada para cargar con mis mierdas. *** Preferí mantenerme callada gran parte de la mañana, se que él quería buscar la manera de hablarme un poco más, pero no era el momento en que me sentía la mejor persona posible para ayudar a otros y eso me hacía sentir la peor persona del mundo, porque estaba poniendo mis intereses antes de lo que en verdad es importante. Me estoy comportando como una perra. — Lamento no estar muy comunicativa — me defiendo mientras subo a su auto. — Todos tenemos malos días, doctora — afirma restandole importancia. — Si, pero mi mal día no puede interrumpir con tu terapia y el avance que estamos logrando — declaro. — ¿Estoy teniendo avances? — inquiere sorprendido. — ¿Cuántos meses llevas sobrio? — consulto. — Casi tres meses — recuerda y puedo ver su sonrisa. Si, él está orgulloso de su avance. — ¿Hace cuánto no apuestas? — pregunto. — Hace casi tres meses, doctora — afirma y ahora en su rostro tiene una gran sonrisa. — Si eso no es un avance, no se como lo llamaría — ironizo. — Me gusta verte sonreír — acota tomándome por sorpresa. No me había dado cuenta que estaba sonriendo. — Letrado tendría que estar mirando la calle, no mi sonrisa — le digo divertida. — Tuve una pequeña distracción, doctora — contesta metiéndose en el parking del complejo de edificios donde sus tíos tiene el famoso bufete de abogados. Esta mal lo que diré, pero este coqueteo disfrazado con ironías es algo muy común entre nosotros y ambos nos gusta jugar este juego. Mientras no haya nunca alguna mala interpretación sobre esto, nada puede afectar nuestra relación médico – paciente. — ¿Sigues enojada? — lo escucho preguntar mientras estaciona su auto. — ¿Qué curioso está hoy, letrado? — afirmo mientras bajamos del vehículo. — Un poco, en verdad estabas muy molesta — acota encogiendo sus hombros. — No podía no mostrar mi enojo cuando no aceptan mi pronto compromiso — reconozco. Él se detiene en seco y me observa anonadado. — ¿Te vas a casar? — murmura sin poder salir de su asombro. — Si, después de ayudarte a tí y vuelva a Rusia, voy a contraer matrimonio — le cuento mirando su rostro. — No tenía idea que estabas en pareja... — Es algo reciente — lo interrumpo restandole importancia. Mi próximo compromiso es de mutuo acuerdo. Igor Ivanov necesita una esposa, una fachada y yo necesito un poco del poder que el pude ofrecerme. Acá no hay amor solo conveniencias entre ambos. — ¿Lo amas? — indaga con su ceño fruncido. — La palabra amor es muy amplio, categórica y sobrevalorado — contesto. — Vaya definición del amor, doctora — acota chasqueando la lengua. — ¿Alguna vez te haz enamorado? — pregunto curiosa. — Cuando tuve viente años, pero solo duró seis meses hasta que me di cuenta de las cosas — suspira. — El amor está sobrevalorado, tiene mucha razón en eso, doctora — sentencia saliendo justo del ascensor. ¿Está molesto o solo es impresión mía? Niego mi cabeza sacando ideas absurdas de mi mente y sigo el largo pasillo para meterme en la oficina de Cayden, donde paso gran parte del día mientras esta trabajando. Tal vez le moleste ser observado tanto tiempo, pero sabe que no puedo quitarle un ojo de encima en ningún momento. Cuando volvimos esa tarde al departamento parecía que había traído conmigo a ese paciente monosílabo que tenia las primeras semanas en la institución psiquiátrica cuando lo conocí. Se que estaba molesto, su actitud corporal lo reflejaba, solo que no entendía cual es el punto de todo esto para que se esté comportando de esta forma. Puede ser tranquilo un episodio de autoboicot, por eso debo dejarle su tiempo. — Me iré a dar un baño, esta noche me toca hacer la cena — le hablo mientras camino directo a mi habitación. Luego de tomarme mi tiempo para darme ese relajante baño, con mi pijama fui directo hacia la cocina para empezar a cocinar algo para nosotros. Tarareaba una canción mientras cortaba los tomates hasta que sentí que alguien me estaba observando. — ¿Estás bien? — le consulto al ver su mirada. Su camisa estaba a medio abotonar, su cabello se encontraba despeinado y sus ojos estaban brillosos. — Por favor dime que no hiciste nada — suplico. Sonrie de lado sacando de sus bolsillos pequeñas botellas de ginebra que me las nuestras con diversión. — Me olvide de lo rico que es el ginebra — responde riendo. — Cayden — suspiro acercándome a él. — ¿Por qué vas a casarte? — pregunta. Por el alto grado de ebriedad que está teniendo estoy segura que esas cuatro botellas de ginebra no es lo único que bebió y claro que estoy demasiado enojada conmigo mismo por no darme cuenta que había robado esto de quien sabe donde. — No es momento para esto — mascullo ayudándolo. — ¿En verdad lo amas? — sigue preguntando. Ruedo los ojos. — No y debes ir a recostarte — le ordeno. — ¿Por qué va a casarse, doctora? — habla. — Cayden no es momento para esto, debes ir darte un baño y a descansar — digo suspirando. — No quiero, doctora — murmura. Paciencia Viktoria, es una simple recaída nada más y es muy común en casos de adicciones como las que tiene Cayden. — Vas a provocar que me enoje mucho contigo — mascullo. Él niega su cabeza, se apoya en la pared y sonríe de lado mientras me observa. Cuando quiero acercarme, nos gira siendo ahora la que está pegada a esa pared sea mi cuerpo con el delante mío. — No se case, doctora — pide apoyando su frente sobre la mía. — Cayden, basta — digo molesta. Mis ojos lo observan, lo veo bajar para mirar mis labios y quiero decir algo cuando su boca se une a la mía tomándome por sorpresa ante su acción. Me separé de él anonadada, siento que me falta el aire y juntos volvemos a juntar nuestros labios en demandante beso. Sus labios sobre los míos, su lengua tentando entrar en mi boca y mi falta de sensatez que deja que nos besemos como si mañana se acabará el mundo. Al separarnos ambos vemos lo mismo en los ojos del otro, el sale disparado a su cuarto y yo al mío donde cierro con llave tratando de protegerme de todo lo que acaba de suceder. ¡Maldita sea! Acabamos de arruinarlo por completo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR