He perdido la cuenta de las veces que cierro los ojos, deseando que el sueño me arrastre y, al despertar, la mañana me regale un día robado de algún rincón del pasado... Cómo extraño aquellos tiempos en los que podía dormir sin miedo, cuando despertaba con una sonrisa radiante, despreocupada, estirándome plácidamente en la cama, segura de que nada malo podría pasar. «Señor, ¿cuántos Padre nuestros tengo que rezar para liberarme de esta desdicha?». No he podido pegar un ojo en toda la bendita madrugada. Y es que justo al lado de mi cama está el cuco, ese que lleva por nombre Dimitri Paussini. No parece tener sueño tampoco. Sigue acostado en el sofá, manejando su celular con la misma despreocupación con la que lo hace todo. Es tan alto que sus pies sobresalen por los bordes del sofá, y esa

