Sus pies ligeros apenas si tocaban el suelo de madera que había odiado tanto tener que limpiarlo a diario y que jamás se viera pulcro y brillante como hubiera deseado; y la dirigieron a ese lugar que fue completamente suyo casi toda la vida: su habitación. La puerta, también grisácea, se abrió sola, y frente a sus ojos apareció lo que siempre deseo ver a su alrededor: a sus dos hijos con sus respectivas familias. Ellos estaban rodeando la cama de ese hombre que parecía exhalar sus últimos alientos mientras todos a su alrededor se lamentaban por semejante pérdida. Ángela no pudo evitar sentir envidia, tampoco pudo evitar ese ligero sentimiento de incomodidad y odio cuando el alma de su esposo dejó el cuerpo entre los lloriqueos de todos los que lo amaban y apareció de pie frente a ella,

