Por un momento, nos examinamos mutuamente. Él, curioso. Yo, paralizada. Dejó su violín para guardarlo en el estuche, y comprendí que esa era mi oportunidad para moverme. Me aparté de la vista de la ventana y avancé rápido por el pasillo rumbo al estacionamiento. Había sido una tonta al quedarme tanto tiempo, especialmente con mis amigas esperándome. Mis hombros no se relajaron hasta que llegué a las puertas del estacionamiento sin escuchar pasos detrás de mí. Ya solo quedaban unos pocos autos en el lote estudiantil. Un llamativo Tesla y mi vehículo viejo, con más de década y media encima, contrastaban de forma brutal, el recordatorio perfecto de que Kai y yo pertenecíamos a mundos distintos. Incluso sin la regla de mi mamá, jamás habría salido con él. No podía querer a alguien que vivier

