Se puso de pie desde su lugar en la arena y me tendió las manos. —¿A dónde vamos? —pregunté mientras me ayudaba a levantarme con facilidad. —A caminar. ¿Nunca te cansas de quedarte quieta? —No —respondí con honestidad. A veces deseaba que el tiempo simplemente se detuviera. Sentía que mi vida se precipitaba hacia un destino sobre el que no tenía ningún control y que mi aterrizaje forzoso estaba a solo unos instantes de distancia. Comenzó a caminar por la parte más firme de la arena, sus zapatillas dejando pequeñas marcas detrás de él. La luna se reflejaba en esas huellas poco profundas. Esperó a que lo alcanzara, con mis tacones enganchados entre los dedos y el vestido levantado con la otra mano. La arena húmeda se sentía fresca y agradable bajo mis pies descalzos y, con cada paso, ya

