Estaba a mitad de una cursi película romántica adolescente, atiborrándome de helado de chocolate con toda la grasa del mundo y nada vegano, cuando Cori entró por la puerta. Su cabello rizado y pelirrojo era un desastre que había recogido en una cola apresurada, y se veía agotada. Sus ojos se posaron en el helado que yo tenía afuera. —Por favor dime que me compraste un poco. —No soy un monstruo—respondí—. Tienes dos tarrinas en el congelador: caramelo salado y masa de galleta. Puedes elegir el sabor que quieras. A los pocos minutos volvió y se dejó caer sobre el sofá con un enorme tazón lleno de ambos sabores. —¿Qué hacemos este fin de semana? Me encogí de hombros. —Esto ya se siente bastante loco, ¿no?—le envié una sonrisa burlona—. Mamá y papá jamás nos dejarían comer este tipo de

