Cuando llegué a casa, toda la casa olía a cena de Navidad. Nadie estaba sentado en la sala, así que seguí mi nariz—y mi boca que se hacía agua—hasta la cocina. —¿Qué estás cocinando? —pregunté a mamá. Se giró del que parecía un sartén con salsa. —¡Ginger! —¡Ginger está en casa! —gritaron los gemelos al unísono. Corrieron a la cocina para saludarme antes de que mamá siquiera respondiera mi pregunta. —¡Hola, chicas! —dije, inclinándome para abrazarlas a ambas—. ¡Estoy tan orgullosa de ustedes! Tarra dio un paso atrás. —Aún no nos dieron el callback. —¿Y eso qué importa? —dije—. Ustedes fueron hasta Los Ángeles y demostraron sus habilidades frente a todos. Eso requirió mucho valor. Sus ojos se iluminaron, y mamá asintió con orgullo. —Tiene razón. Cara me abrazó otra vez. —Aunque n

