XIX LA NIÑA JUNTO AL ARROYUELO—TÚ la amarás tiernamente,—repitió Ester mientras en unión de Dimmesdale contemplaban á Perla.—¿No la encuentras bella? Y mira con qué arte tan natural ha convertido en adorno esas flores tan sencillas. Si hubiera recogido perlas, y diamantes, y rubíes en el bosque, no le sentarían mejor. ¡Es una niña espléndida! Pero bien sé á qué frente se parece la suya. —¿Sabes tú, Ester,—dijo Arturo Dimmesdale con inquieta sonrisa,—que esta querida niña, que va siempre dando saltitos á tu lado, me ha producido más de una alarma? Me parecía... ¡oh Ester!... ¡qué pensamiento es ese, y qué terrible la idea!... Me parecía que los rasgos de mis facciones se reproducían en parte en su rostro, y que todo el mundo podría reconocerlas. ¡Tal es su semejanza! ¡Pero más que todo es

