La noche todavía olía a plaza caliente cuando Thiago cogió la chaqueta del respaldo. —Patrulla —dijo. —Voy contigo. Me sostuvo la mirada. No había cansancio en sus ojos; había duda. —A mi lado. Ni un paso atrás. —Ni uno. Salimos. El valle dormía a medias: farolas cálidas, porches en silencio, un perro cambiando de postura bajo una mesa. Thiago marcó el ritmo con el cuerpo, primero medio paso por delante, luego igualándonos cuando las casas quedaron atrás. Kylie nos alcanzó en la esquina del almacén, sin preguntas, lista. —Límite norte —ordenó él. Caminamos los tres sin hablar. A la altura de los huertos, la noche cambió de textura. No sabría explicarlo; como si la piel notara una cuerda tensándose delante. Thiago alzó la mano y yo me pegué más a él. —Aquí —murmuró. La barrera est

