LORD MARCUS Cuando entré a la casa, Catalina me recibió en el vestíbulo. Había algo extraño en su rostro, un gesto breve, apenas perceptible, como si contuviera palabras que no podían salir mientras la sirvienta estuviera presente. Una parte de mí se alegró, aunque no por la curiosidad. No, era otra clase de alegría, más instintiva. Esa parte mía que últimamente se encendía con solo mirarla. Mi esposa insípida, la muchacha callada y rígida que creí condenada a aburrirme toda la vida, había desaparecido. En su lugar había surgido una mujer con imaginación, con energía, con un apetito que me había sorprendido. Tanto que, lo admito, mis escapadas a otras camas se habían vuelto menos frecuentes. Menos frecuentes, sí, pero no eliminadas. Ningún hombre debería privarse por completo de los plac

