La gota de sangre se disolvió en su boca. El sabor metálico, ligeramente salado al principio, le acarició la lengua. Agnes mantenía los ojos fijos en los de él, y él en los suyos, mientras le chupaba el dedo despacio, sin apartarse ni un milímetro. —Mueve la lengua —ordenó Ryan, su voz firme y seca—. Quiero que lo limpies bien. Aunque no deseaba continuar, Agnes obedeció para no contrariarlo. Movió la lengua en círculos por la punta del dedo, lamiéndolo entero, notando cómo la dilatación de aquellos ojos de hielo aumentaba. Una vena marcada se tensó en su mandíbula, dura y contenida. Ryan se agitó, rechinando los dientes, y en un gesto descaradamente deliberado empezó a sacar y meter el dedo de su boca, despacio, con leves empujes. Agnes frunció el ceño al percibir el cambio, mientras e

