De pronto, los labios de Aiden se levantaron con frialdad, formando una leve sonrisa indiferente. —Iba a pedirle a alguien que te despertara arrojándote agua, pero después lo pensé mejor y no quería arruinar la alfombra. Eso habría sido un desperdicio —dijo él. Al escuchar la frialdad en su voz, Emery apretó los dientes inconscientemente. De repente, agarró el saco del traje y se lo arrojó, pero su cuerpo entero se había vuelto débil en un instante y no pudo usar su fuerza. Aiden se quedó quieto y la miró como si estuviera viendo un bufón. El saco cayó a sus pies y él, sin siquiera mirarlo, lo pisó y se acercó a ella. —Los que van en mi contra no terminan bien —exclamó de repente. —¡Aiden, eres el diablo en persona! —gritó Emery, mirándolo con unos ojos llenos de odio.

