Hay personas que sin siquiera intentarlo te transmiten paz.
Son como pequeños soles andantes que iluminan tus días, ajenos al poder que pueden llegar a ejercer cuando se lo proponen.
Theo es una de esas personas, aunque parezca increíble.
Su aura es lumínica, atrayente, irradia un mensaje silencioso de compresión que te hace sentir menos solo en medio de un problema que amenaza con destruirte.
En sí mismo él no parece ni se comporta como el tipo de chico empático y amable que podría oírte por horas si de esa manera te ayuda a desahogarte, ni tampoco como el tipo que se sienta a tu lado y te permite apoyar la cabeza contra su hombro en un gesto de solidaridad. Su porte, su manera de expresarse y la mirada indiferente con la cual escanea a su entorno demuestran cero interés por el bienestar o el estado de sus semejantes. En ocasiones ni siquiera estoy segura de que se ocupe de sus propias emociones. Pero posee esta chispa, este toque incomparable, que te impulsa a confiar en él.
Realmente no tiene idea de qué haremos en casa de Xanthia, se ahorró las preguntas, pero probablemente advirtió la tensión acumulada en mi cuerpo desde que salimos del instituto, porque también ha evitado los comentarios irritantes y, en cierto momento, cuando estaba tan absorta en lo que diría que olvidé cómo caminar sin que mis piernas parecieran hechas de madera, entrelazó nuestros dedos y me dedicó una fugaz sonrisa.
A mis diecisiete años quizá debería ser capaz de enfrentar este tipo de inconvenientes sin apoyo moral, sin embargo, me alegró muchísimo el tenerlo a mi lado. Ansel es de igual manera un gran soporte, pero se encuentra mil veces más descolocado que yo. Va cinco pasos por delante con los brazos rígidos a sus costados. A veces acelera de súbito, como si recién notara que lo seguimos de cerca y concluyera que queremos secuestrarlo.
—¿Es mi impresión o vamos de camino a un matadero?—Theo se inclinó hacia mí para que sólo yo pudiera oírlo.
—Es tu impresión.
Asintió.
—Qué alivio. Por el aspecto de tu amigo supuse que pronto un tipo saldría de la nada para mutilarnos.
Sonreí un poco. Su mano se percibía cálida contra la mía. Ya me había acostumbrado a la sensación, se volvió familiar sin que así lo quisiera.
Theo es literalmente el único chico con el que he caminado de la mano por tanto tiempo, en reiteradas ocasiones, sin que hayamos tocado de ninguna forma el tema sentimental. No sé qué pensar al respecto.
De pie frente a la casa de Xanthia, después de haber presionado el timbre cuatro veces sin obtener respuesta alguna, comencé sospechar que podría haberse ido a otro sitio. No es común en ella, especialmente porque no hay muchos lugares a los que pueda acudir de manera desinteresada, pero pareció probable.
Repasaba mentalmente la lista hipotética de a dónde estaría ella cuando Ansel insistió una séptima vez. La puerta se separó un par de centímetros primero, con cautela, revelando una r*****a diminuta por la cual no se podía apreciar prácticamente ningún detalle del interior, hasta que luego, de un tirón, fue abierta por completo.
Xanthia lucía exactamente igual a como la vi esta mañana, con la diferencia de que tenía el ceño fruncido.
—Antes de que digas algo, venimos por la paz.
Ansel alzó los brazos de manera torpe. Estaba nervioso, como es usual en él en casos como este.
La vista de mi amiga se desvió hasta mí. Con su cualidad de rayos X, esa que adquiere cada vez que desea investigar algo en particular, estudió la unión entre Theo y yo. Achicó los ojos, de esa manera odiosa que podría ser malinterpretada por el castaño, dio un paso al frente y entreabrió los labios.
—Queremos hablar contigo—dije, apresurándome a cortarla.
Como plus, solté a Theo. Sentí la falta del contacto como nunca antes, quizá porque una corriente de aire repentina enfatizó el hecho de que su calor ya no estaba allí.
—Oh, ¿Ahora sí?
Volvía a ser la chica retadora de siempre. Al instante supe que no sería fácil llevar esta conversación a cabo.
—Sí.
—Lo siento, estoy ocupada.
Intentó lanzarnos la puerta en la cara pero entonces Ansel se adelantó y la detuvo, poniendo una mano sobre la superficie lisa.
—Necesitamos acabar con este asunto, déjanos pasar—Xanthia hizo un mohín, cruzando los brazos sobre el pecho.
—No.
—No ¿Qué?
—No los dejaré entrar. Está bien, los escucho, pero desde aquí.
El pelinegro lucía perplejo, y supuse que mi expresión no distaba de verse como la suya.
—¿Es una broma?
—No.
Ansel tenía toda la disposición de objetar, lo intuía por la forma en la que se irguió, pero traté de frenarlo. Me situé a su lado, dándole un sutil empujón para que comprendiera que esa no es la manera de comenzar. Captó el mensaje y drenó su irritación por medio de un resoplido.
—Está bien.
—Les aviso que no pienso estar aquí más de cinco minutos, así que dense prisa.
Volteé hacia mi mejor amigo, dándole autorización para que iniciara de la forma que considerara conveniente. El viernes le expuse mi punto vista a Xanthia, y con respecto a lo que dije no tengo nada significativo que agregar o modificar. Mi opinión se mantiene firme, a estas alturas no cambiará ni siquiera porque Zane le obsequie la Luna.
—No nos gusta estar lejos de ti, ¿Vale? Porque eres parte de nosotros. El plan de Heaven fue estúpido y ahora... No lo sé, ¿Olvídalo?
—No creo que haya sido estúpido—rebatí, ganándome una mirada incrédula por parte de Ansel—. Es decir, tuve buenas intenciones. Literalmente sólo pretendía que Xanthia se diera cuenta de qué tan idiota está siendo Zane con ella, pero...—repasé su aspecto. No hay un ápice de vulnerabilidad al alcance visual porque sabe esconderla muy bien—, reconsideré la parte en la que tienes que hacerlo sola.
Xanthia se mordió el labio inferior, dudosa sobre algo que no supe identificar.
—Entiendo y respeto lo que has dicho, Heaven, pero no lo comparto.
Sonó tan diplomática que por un instante me costó seguirle el hilo a lo que quería dar a entender.
—¿Cómo?
—Amo a Zane, y él me ama a mí. No voy a terminar nuestra relación sólo por un pequeño obstáculo.
Parpadeé, perpleja.
—¿Pequeño obstáculo?
A Ansel la voz le surgió más aguda de lo normal. A nuestras espaldas oí que incluso Theo se removía con incomodidad.
—Sí. El amor verdadero es capaz de vencer cualquier problema; él y yo somos la prueba de ello. Lo he pensado bastante, créanme.
—Estás jugando con nosotros ¿Verdad? Porque no le encuentro otra explicación a esta... Actitud.
—No, hablo muy en serio. Chicos, si son mis mejores amigos deben respetar mis decisiones. Lo que yo siento por Zane es real, nunca había querido tanto a un chico, ¿Cómo pueden exigirme que renuncie a él?
—Y una mierda, Torres. No lo convertirás en un santo frente a mí.
—No digo que sea perfecto, pero comprendan que él es tan importante en mi vida como ustedes. Es literalmente el amor de mi vida y...
—¡No seas estúpida! Por el amor de Dios, continuamente te dejas pisotear por él, ¿Cuántas veces más permitirás que te lastime? Sabemos que has llorado por Zane más que por cualquier otra persona, ¿Cómo puedes poner buena cara y aceptar su asqueroso comportamiento sólo porque te pide disculpas cada tres días? Es un idiota.
—Él me ama y...
Siguió hablando, pero no la escuché. Por un momento mis oídos se desconectaron de mi cerebro y sólo fui capaz de admirar la imagen que estaba dando.
Lucía increíblemente segura de lo que decía, casi como si estuviese recitando una exposición que se aprendió con días antelación. Hacía ademanes, acompañaba sus frases con gestos faciales y corporales bastante comedidos, si la mirabas detenidamente podías pensar que había planificado su discurso desde hace meses. Tenía un control pleno y absoluto sobre sus expresiones, el tono vocal no variaba y tampoco permitía que una emoción se filtrara más de lo necesario por error. Relataba su caso con extrema confianza, probablemente con la misma que usaría al dar su opinión sobre por qué es importante que nos ocupemos del hambre mundial. No parecía afectada de ninguna manera, quizá un poco irritada porque no lográbamos conectar con lo que decía.
Defendía su perspectiva, lo que ella creía o se forzaba a creer que son los hechos, y se apegaba a ella.
Abogaba por algo que no lo merecía. Aseguraba la inocencia de un tipo que dejó de serlo hace mucho tiempo. No se daba cuenta de que no tenía sentido respaldar la actitud de Zane con hechos del pasado. Todavía no comprendía que su forma de ser había cambiado, que no bastaba con decirse que en los comienzos era dulce, carismático y caritativo, porque ahora mismo, en la actualidad, no lo es.
Debemos aceptar que los tiempos y las personas se transforman. Así como existen las segundas oportunidades, es posible cerrarle la puerta de tu vida a alguien que ya no es quien solía ser.
Volví a centrarme en la realidad cuando Ansel se pronunció.
—Tú lo amas—dijo—. Sí. Pero él no a ti, al menos no de la misma forma. Y créeme cuando te digo que tu amor no es suficiente. Xanthia, quedó demostrado que no puedes cargar sola con el peso de esa relación. Él no pone ni el interés ni el esfuerzo que se necesitan.
—Zane no te valora—intervine, en un hilo de voz. De pronto me hice consciente de lo mucho que ella lo aprecia, al ver cómo luchaba en su nombre. Comprendí que sentía una fascinación unilateral por un chico que no estaba dispuesto a quererla con la misma intensidad.
A él no se le ilumina el rostro cuando menciona su nombre, ni cuando lo oye. Ya no parece que la presencia de Xanthia ejerza algún tipo de influencia sobre Zane.
Claro está, ella perdería una mano antes de darme la razón sin volver la situación en mi contra primero. Y no porque lo hiciera siempre que discutimos, cosa que ocurre poco, sino porque cuando se trata Zane pierde el sentido común.
—¿Y qué hay de ti?
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Theo sí te da el valor que mereces?
Me congelé en el sitio. No esperaba que arremetiera precisamente por ahí. Tal como lo dijo, es una declaración de mis sentimientos por el castaño.
Giré la cabeza una fracción de segundo para ver cómo a Theo, que ha evitado intervenir, se le crispaba el rostro en una mueca extraña. Tenía el cuerpo repentinamente envarado.
—Esto no es sobre mí.
Miró a Ansel, sonriendo con malicia.
—Lo que dices a los demás habla mucho sobre ti misma, ¿No, Ansel? Nuestro querido amigo experto en filosofía.
—No seas inmadura, Xanthia. Esta intervención sólo busca ayudarte.
—¡¿Pero quiénes son ustedes para decirme cómo manejar mi relación?!—estalló. En un amplio movimiento se acercó hacia mí, apuntándome al pecho con su dedo índice—. Tú has estado detrás de un imbécil que, cabe destacar, te trató mal desde el principio ¿Por qué?, ¿Culpa? ¿Lástima?, ¿Porque ahora es el chico más lindo del jodido colegio? No lo sé, en cuanto a él nunca nos cuentas mucho, sólo dices “intento que no esté solo”, “mírenlo, hay que hablarle porque el pobre no sabe decir hola sin gruñir primero”, “oh, no tiene amigos, vamos a darle un abrazo grupal”—agudizó la voz de una manera irritante, haciendo alusión al tono que yo suelo usar. Básicamente, tratando de ponerme en ridículo porque ni en pesadillas soy así de chillona. Por no mencionar qué jamás he dicho ninguna de esas cosas—. Solías contarnos absolutamente todo, pero desde que conociste a este ser has estado excesivamente misteriosa. Apenas nos hablas de él, “es sólo un chico sin importancia”, y ¡Mira, qué sorpresa! De todas formas lo trajiste hasta aquí para que presenciara algo que en definitiva no le incumbe. Lo has arrastrado a cada aspecto de tu vida ciegamente, sin analizar que quizá podría no merecerlo porque, todos lo saben, incluso le molestaba el simple hecho de verte. Dime, ¿De cuántas cosas él te ha hecho partícipe?, ¿Cuánto de su existencia, de sus vivencias, ha compartido contigo? Hazte esa pregunta y luego respóndeme, cariño, ¿Tu relación no es también unilateral?
Tragué saliva. Podía sentir los latidos de mi corazón en cada rincón de mi cuerpo. La mente me quedó en blanco y no supe qué decir.
Por ella habla la furia y la frustración de reconocer al menos para sus adentros que tenemos razón en cuanto a Zane. Pero, aun así, sus palabras comenzaron a dar vueltas dentro de mi cabeza con vertiginosidad.
Fue como si una venda cayera súbitamente de mis ojos, así, por arte de magia, porque de pronto entendí que no estaba del todo equivocada. A lo mejor la moral no me alcanzaba para seguir de pie allí.
¿Lo mío con Theo no es también unilateral?, ¿En qué momento él ha demostrado atracción o curiosidad por mí?
Se me ocurrió que tal vez debía voltearme para ver la expresión del castaño. Tenía la necesidad de oírlo defenderse, de escuchar que no era exactamente de esa manera pese a que, en realidad, lo es. Pero no lo hice. No pude. Me sentí ligeramente desorientada, anclada al piso.
—Qué arpía—soltó Ansel, frunciendo el ceño—. Muy bajo de tu parte atacarla cuando sólo quiere ayudarte.
Xanthia se rió. Esa faceta suya comenzaba a exasperarme.
—Y tú, querido, ¿Con qué moral me reclamas? Literalmente te enfureciste al punto de dejarnos hablando solas cuando mencionamos el tema de Richard...
—Eso fue distinto.
—No, no lo fue. No nos permitiste opinar, y lo mismo pasa cada vez que hablamos de Helena; la maravillosa chica de ensueño que se desvive buscando motivos para provocarte dolores de cabeza. No sé tú, pero en mi caso no creo que eso tampoco sea amor.
—No compares a Helena con Zane.
—No lo hago, seguro que ella es mucho mejor, porque tiene cantidades industriales de dinero, piernas largas y una personalidad de niña mimada con aires de grandeza inexistente bastante interesantes. Ella indudablemente no mancha su reputación yendo a fiestas donde es probable que alguien quiera apuñalarla, pero uno de estos días te llevará a un elegante y asombroso baile para gente presuntuosa en el cual va a exhibirte como su nueva mascota. Seguro le comentará a todos que estás bien domesticado, que sales cuando ella dice, hablas con quien ella quiera y acudes corriendo en su encuentro cuando lo necesita. Porque te quiere mucho. Apuesto a que se comporta como lo hace, manipulándote, jugando con tus sentimientos y con tu mente, porque eres el centro de su mundo.
Ninguno de los dos le contestó. Asumí que Ansel estaba atravesando el mismo período desconcertante de revelación que yo cuando entreabrió los labios y los dejó así, como si alguien lo hubiese congelado un segundo antes de poner la expresión de sorpresa más marcada de su vida.
—Entonces, expertos en el amor saludable, ¿Ustedes sí son correspondidos?
Por fin me recuperé. Salí del letargo paulatinamente, parpadeando varias veces hasta que di con la respuesta que durante minutos no acudió a mi cerebro.
—Tu situación es distinta a la mía porque yo no tengo nada con Theo; él no me gusta, y es recíproco. No es una relación, apenas nos conocemos. Supongo que tienes razón en ciertas cosas, y es precisamente por eso que él no es mi novio—contuve el impulso de mirarlo. Fue mala idea traerlo—. Y ahí es a donde quiero llegar; si una persona no es buena para ti, si claramente está siendo la peor pareja del mundo, ¿Por qué aferrarte?
—Helena jamás habría permitido que me ahogara—intervino Ansel, batallando por lucir sereno—. Lo cual no guarda ninguna conexión con la cantidad de dinero que maneja o la longitud de sus piernas.
—Te amo, pero sólo estás hablando a través del enfado. Lo dije antes y lo repito ahora; no eres estúpida, has llegado a estas conclusiones por tu cuenta mucho tiempo atrás.
Como si alguien hubiera accionado un interruptor dentro de su cabeza, la máscara de frialdad y burla que portaba se cayó. Por fin tuvimos la oportunidad de apreciar el rostro de la verdadera Xanthia, antes de que sus ojos se cristalizaran y comenzara a llorar en silencio.
—Yo sólo quiero que él me quiera—emitió en un quejido débil bastante deprimente.
Estuve por abalanzarme a sus brazos cuando el sonido de pisadas fuertes se escuchó por encima de todos los demás ruidos. En sincronía, los cuatro nos volteamos para ver cómo el protagonista principal de nuestra discusión hacía su aparición triunfal.
Ciertas zonas de su rostro poseen manchas rojizas, violáceas y verdosas, además de unas cuantas cortadas. Tiene arañazos irregulares a lo largo de sus brazos; heridas de profundidades variables que resultan incómodas de ver camuflándose con sus tatuajes, así como más zonas oscurecidas que evidencian hematomas recientes. Usa una camiseta negra, un par de jeans con varias áreas rotas, de forma intencional, y unos tenis blancos que logran contrarrestar el primer efecto que causan sus golpes. Tiene una mirada feroz y, al mismo tiempo, el semblante desprovisto de emociones.
Alzó una ceja cuando notó que era el centro de atención. Yo me estremecí. Su gesto, ligado a su postura, me recordaron a Theo en sus niveles más altos de odiosidad, y su aspecto, junto con su actitud, trajeron a mi mente la imagen de Collin.
De corazón esperaba que ninguno de los dos chicos llegase a comportarse de forma tan destructiva como Zane.
—¿Mal momento?
La pregunta quedó suspendida en el aire un instante, luego se la llevó una ráfaga de aire que quiso encubrir la apatía con la cual fue formulada.
No pude evitar la oleada de indignación que me asaltó. Sé que ya identificó a Xanthia, por lo que claramente advirtió el hecho de que está llorando.
—¿Qué haces aquí?—le espeté—. Es un poco temprano para verte por ahí. Usualmente sólo es posible encontrarte en la madrugada, sobre algún tipo, intentando hacer alarde de tu supuesta masculinidad.
—Alguien se levantó de mal humor ¿Eh?
—Vete a la mierda, jodido imbécil.
Ansel intentó avanzar, pero entonces lo detuve. Xanthia ya estaba teniendo muchas emociones encontradas, no hacía falta empezar una pelea.
Zane, que se hallaba relajado, comenzó a molestarse. Enderezó la espalda al tiempo que cruzaba los brazos sobre el pecho.
—¿Cuál es el problema de ustedes dos?
—En resumen: Tú.
Zane frunció el ceño. De pronto pareció advertir la presencia de Theo, que ha estado tan callado y meditabundo que casi olvido que es parte del panorama.
—¿Tú quién eres? No sabía que había un nuevo m*****o en el clan.
Theo alzó el mentón.
—¿En el clan? Ellos me odian—señaló a mis amigos mediante un breve movimiento de su cabeza—. Pero creo que no tanto como a ti.
Zane curvó los labios. Se veía cínico.
—Es un privilegio que sé apreciar. La pacífica y perfecta Heaven no aborrece a cualquiera.
—Bien, basta ya. Estás aquí, ahora, y eres incapaz de simpatizar con el dolor de tu novia. No te importa que esté llorando. Eres un asco de persona, en todos los sentidos—Ansel extendió los brazos en su dirección, ofendido, y sólo entonces Zane desvió la atención completamente hacia Xanthia.
Su rostro no cambió mucho, pero hubo una alteración difícil de descifrar en su postura.
—¿Estás bien?
La pelinegra sorbió por la nariz, parecía incapaz de responder.
—Ven, vamos a mi casa, donde podamos hablar tranquilos—nos dio una mirada al decir lo último, como si fuésemos los seres más molestos del planeta.
—Ella no irá a ninguna parte—dictaminó Ansel.
—Disculpa, ¿Quién te autorizó para hablar en nombre de mi novia?
—No te atrevas a utilizar ese tonito posesivo conmigo, ella ya no es nada tuyo. El título por el cual te refieres a Xanthia cada vez que la necesitas es sólo una formalidad; hace tiempo dejaste de ser lo que ella merece como novio.
—Sí, bueno, lamento informarte que eso no lo decides tú. Tu opinión te la puedes meter por donde te plazca, esta relación es entre Xanthia y yo.
—Por una puta vez en tu vida deja de ser tan egoísta, ¿Cuándo aceptarás el hecho de que sólo le haces daño? No quieres terminarle porque sabes que en verdad no cuentas con nadie más, a nadie le importas, pero constantemente la estás poniendo en peligro. Ella elige arriesgarse por ti, cree que podrá salvarte de ti mismo, y es injusto que tú, sabiéndolo, sigas arrastrándola a tu vida de porquería.
—Yo jamás le he pedido que...
—No hace falta, eres consciente de que de igual manera ella lo hará. Sale lastimada día tras día y su recompensa es un inútil «Lo siento» de tu parte. Abre los malditos ojos, idiota, y déjala ir. Esta relación no va a ninguna parte... No, de hecho sí... Si no lo terminas ahora acabará en la muerte de Xanthia, y como tú no tienes conciencia yo mismo me encargaré de atormentarte por el resto de tu patética existencia si algo llega a pasarle.
Zane apretó los puños. Conociendo su carácter pre-visualicé la forma en la que explotaría a continuación, pero, para mi sorpresa, concentró toda su furia en cómo apretaba la mandíbula.
—¿Eso es lo que quieres, Xanthia?—su tono fue bajo, mesurado, un tanto tenso.
El llanto de la pelinegra se intensificó hace rato, su cuerpo se sacude casi sin control. Le costó mucho regular la respiración, bajo la atenta mirada de Zane, para poder responder.
—Me duele muchísimo reconocerlo, pero... Tú no... Tú no me haces bien, y yo… Yo no…
El chico cerró los ojos una fracción de segundo. Recibió las palabras como si de un golpe se tratara. Luego alzó las barreras.
—Bien.
Dio la vuelta.
Y, con eso, rompió años de relación. De risas, lágrimas, anécdotas, buenos y malos momentos... Todo se materializó en el aire, cargándolo de un sinfín de sentimientos que consiguieron envolvernos, para después romperse en diminutos pedazos.
Zane comenzó a alejarse. Incluso yo sentí la ruptura en lo más profundo de mi corazón, sin dar crédito al hecho de que este enredo que tanto ha significado no sólo para Xanthia, sino también para nosotros, estaba llegando a su fin de una manera tan simple y poco relevante.
No hubo despedidas largas o frases de consuelo, promesas o buenos deseos. Todo murió tras la espalda de Zane, o al menos eso creí durante un rato antes de sentir que alguien pasaba corriendo por mi lado cuando el chico ya se hallaba a diez cuadras de distancia.
—¡No! Zane, ¡Vuelve, por favor no me dejes!
Atónita observé cómo Xanthia pretendía alcanzarlo, con el cabello flotando salvajemente detrás de sí y un mar de lágrimas bajando por sus mejillas. Nunca la había visto tan desolada. Me perforó su desesperación, sus ganas de retener a ese chico.
Justo en ese instante comprendí que la situación era más grave de lo que yo pensaba; más grave de lo que supuse minutos atrás mientras la oía afirmar que nunca encontraría a nadie mejor. Xanthia dependía emocionalmente de Zane a un nivel demasiado elevado; no le importaba su vida, sino que él estuviese en ella.
Experimenté una combinación indefinible de emociones. No podría describir de ninguna manera qué fue lo que sentí, pero adquirí esta fuerte determinación de que no la dejaría sola, pensando que eso era lo único que podía obtener de un chico, o del amor. La apoyaría y la ayudaría a salir de esto. Comenzando por hoy.
Xanthia se plantó once metros adelante, como si le faltara el oxígeno y la energía para correr detrás de Zane hasta poder tomarlo del brazo. Todavía gritaba en medio de una desesperación apabullante, de tal manera que parecía una chiquilla de cinco años a la cual sus padres dejaban abandonada en un bosque desierto. Sabía que Zane podía oírla porque aceleró el paso, con los hombros y el cuello rígidos, pero no dudó ni un minuto en volver. Avanzaba deprisa; más allá de eso optó por desentenderse de lo demás.
Había captado el mensaje, finalmente. Y se lo agradecí. Por primera vez estaba haciendo lo correcto.
Sujeté a la pelinegra por los hombros, quien estaba totalmente fuera de sí, para encararnos. No lo pensé demasiado, fue un impulso que nació desde lo más hondo de mi ser, elevé el brazo y estrellé la palma de mi mano contra su mejilla. Los cinco dedos quedaron marcados sobre su piel; una mancha rojiza con la forma de mi mano adorna el costado derecho de su rostro.
—¡Reacciona!
Xanthia se silenció cuando sintió el golpe. Fue automático. Ahora mismo sólo me mira con los ojos exageradamente abiertos y el rostro pálido, sus labios se encuentran entreabiertos y las lágrimas bajan en silencio hasta caer sobre el asfalto.
El sonido del impacto seguía resonando en mis oídos. Incluso le había girado la cabeza.
No creí que sería tan dramático, pero es que no sabía cómo traerla al mundo real.
No se movía, ni siquiera parpadeaba. La rodeé con mis brazos, apretando su cuerpo en un abrazo asfixiante con el que pretendía transmitirle mi más sincero apoyo.
Me aclaré la garganta antes de hablar porque tenía un nudo denso obstruyéndola.
—Vas a salir de esto, Xanthia. Lo prometo.
Por fin volvió en sí, correspondiendo el gesto con la misma intensidad. Volvió a llorar desconsoladamente.
Regresamos a su casa abrazadas, sin que yo pudiera apartar la mirada del chico castaño que esperaba por mí.