Relatos de un alma no tan desdichada. Vol 1.

798 Palabras
Si algo había decidido desde que su padre lo abandonó, años atrás, era que no confiaría su felicidad a nadie más aparte de sí mismo. Quizá por ello era tan miserable. Quizá porque no le estaba yendo tan bien como cabría esperar. De modo que nunca se abría demasiado a las personas, ni pretendía estrechar lazos, porque sabía que todos eran propensos a traicionarlo de alguna u otra forma. Era evidente que lo decepcionarían de nuevo, eventualmente, y no deseaba darle ese poder a nadie. Era un riesgo que no valía la pena correr. No obstante, siempre ocurría algo que se salía de su control. Por lo general nada que afectara significativamente su filosofía de vida, hasta que apareció ella. Espontánea, expresiva, amigable, muy irritante... Todo lo opuesto a él. Y, por algún motivo, el único ser capaz de causarle el tipo de emociones que quizás necesitaba sentir… Por bastante tiempo, a pesar de todo, él siguió caminando sobre terreno seguro, no permitía que sus vivencias al lado de aquella chica tuvieran relevancia alguna; técnica que de pronto, simplemente, dejó de funcionarle. Ese día estaba en casa, tendido sobre su cama con la vista fija en el techo, existiendo. Recordaba vagamente la lista de actividades acumuladas de las que debería estarse ocupando, pero la ignoró. Como era usual, carecía del ánimo necesario para levantarse del colchón. De manera que permaneció allí, en un extraño estado de sopor, hasta que un rostro, su rostro, titiló dentro de su cabeza, de la nada. Fue la primera persona en años sobre la que se detuvo a pensar verdaderamente, de forma inconsciente, por más de veinte minutos. Y comprendió, para su desgracia, que la existencia de esa chica había dejado de serle indiferente cuando evaluó la posibilidad de escribirle sin ningún tipo de interés de por medio. Sólo porque le pareció brillante la idea de hablarle. Brillante y ligeramente emocionante… Porque era preferible perder el tiempo con ella a perderlo solo, o con cualquier otra persona. Podría no reconocerlo jamás frente a ella, pero le era imposible negarse ante la certeza de que a su lado se sentía más liviano. Su presencia no poseía un poder especial de curación, mágicamente no eliminaba los problemas del chico con un chasquido de dedos, pero sí le otorgaba un poco de tranquilidad. Ella era tan absorbente, con sus charlas incesantes y la aplicación probablemente innecesaria de muchos colores pasteles sobre cada rincón de su cuerpo, que difícilmente podía concentrarse en los inconvenientes que lo aquejaban a diario tras encontrársela. Le brindaba exactamente esa calma adictiva que no conseguía en ningún otro lugar. Era fácil oírla y perderse en su voz, en su tono, en sus ademanes y los pequeños gestos faciales con los que acompañaba cada oración. Asegurar que ella sabía lo que decía todo el tiempo, o que se expresaba con suma coherencia y concordancia, sería mentir; pero tenía encanto, y una vez empezaba a contar anécdotas personales que nadie exigió conocer no te quedaba más opción que ponerle atención. También resultaba sencillo estar en su presencia porque no era del tipo de persona que juzga, ni esperaba una actitud en específico de él basándose en la percepción personal que se había formado con sólo verlo. En general, podría decirse que ella era exactamente la chica que todo el mundo debería tener en su vida. Y él comenzaba a creer que debía sacarla de la suya. Se convirtió de pronto en un ser peligroso, porque a esas alturas, donde no llevaban demasiado tiempo conociéndose, ya ejercía cierto poder sobre sus emociones. Tal vez el chico lo habría aceptado si ella le inspirara sentimientos negativos, si fomentara su tristeza siendo especialmente mordaz. Pero no, porque de hecho se volvió obvio que empezaba a tener un papel protagónico en el tema de la felicidad. Nunca sonreía cuando estaban separados;  comenzaba a hacerlo con frecuencia a su lado. Ella lo estaba cambiando de una manera aterradora. El chico temió no reconocerse a sí mismo cuando la transformación finalizara. Tuvo verdadero terror ante la idea de que podría convertirse en su fuente de alegría y luego, cuando ya no supiera cómo vivir de otra forma, cuando ya no recordara por qué elegía continuar cada día antes de conocerla, lo abandonara. Entonces tomó la que consideraba una decisión muy acertada: Alejarse. No lograría herirlo si se encontraba fuera de su alcance. El método parecía infalible, y sabía que, pese a los momentos compartidos, ella se valoraría lo suficiente como para entender cuándo dejarlo estar y seguir con su camino. Sin embargo... Es difícil huir del único sitio donde logras sentirte realmente bien. Entonces debes ponerlo todo en una balanza, ¿Qué es más fuerte?, ¿El miedo, o la satisfacción de haber encontrado un lugar seguro?   
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