Piero nos llama al orden: nos servirán enseguida la cena, porque mañana nos espera otro día largo y fatigoso. Antes de ir a dormir me conecto a Internet para ver si hay algún rastro de mi A. en la página de f*******:. Con gran disgusto, no encuentro nada, pero luego, al mirar con cuidado, veo que me ha respondido Mario, el dueño del bar, que me avisa que no ha podido pasarle mi mensaje porque las «dos jóvenes» no han vuelto desde aquel día. Vuelvo a leer el mensaje tres veces para estar seguro de haberlo entendido bien. Si no ha ido al bar y no ha recibido mi mensaje, no sabe nada de mi partida ni del hecho de que no tengo su teléfono. Me levanto de golpe de la silla, que cae a mis espaldas, con los ojos abiertos de quien no sabe qué hacer. En todos estos días al menos estaba seguro de que

